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31/12/2020

Conspiración: COVID

Todos conocemos a alguien inoculado por el virus de la conspiración. Frente a una realidad tan atípica una de las salidas para la incertidumbre es creerse dentro del selecto grupo que "no se ha dejado engañar". Aquí le damos una mirada cercana a una de estas personas que niega la pandemia. 

Texto: Hanna Orellana         
Fotos: Gazzetta del apocalipsis
 

La primera vez que Amauro escuchó acerca del coronavirus fue en un resumen noticioso en la radio cuando se dirigía al trabajo. Que no saben cómo reaccionar porque era una enfermedad desconocida y muy infecciosa, decían. Pero no le prestó mucha atención, tampoco durante los siguientes días con sus continuos reportes del aumento de contagios y las muertes, sino hasta que, en su Facebook, vio que era un virus que le daba usualmente a los murciélagos. Creían que alguien había comido uno y así el código genético se había trasladado a los humanos. Allí pensó: “eso les pasa a los chinos por comunistas”.

Aunque si se le pregunta por qué odia a los comunistas, no podrá explicarte bien por qué. Quizá lo siguiente que diga es que el comunismo es perverso porque en Venezuela las personas ni siquiera pueden tener papel higiénico.

Amauro pasó las navidades de ese año sin inmutarse, a pesar de que su futura suegra y su madre no dejaron de preguntarle cuándo se casarán él y Sonia. Ninguno de ellos sabía que serían las últimas festividades que podrían celebrar de la forma en la que siempre lo habían hecho.

Tuvo unas vacaciones insuficientes, o al menos eso refunfuñaba mientras conducía a la sala de ventas el dos de enero, pero fue “solo porque no hay de otra”. Ya para entonces, pensaba que los medios estaban haciendo demasiada alharaca con lo del Covid. “Es que de eso viven los de las noticias, mano, de provocarle miedo a la gente” le comentó a Bryan un viernes que se dirigían a chelear, luego de musitar un “qué hueva” y cambiar de estación mientras la presentadora proseguía alertando sobre la diseminación del virus.

Tal vez no se lo confesaría a nadie, ni a Sonia, pero cuando se despedía de su madre, una mañana de febrero, y ella le dijo que empezaban a reportarse contagios masivos en Italia, se asustó. Sintonizó la radio en el camino, pero no le prestó demasiada atención, porque no dejaba de pensar en escenas de películas en las que los contagiados se vuelven zombis y atacaban a los que estaban sanos.

Pero esa fue la última vez que tuvo miedo. Ni siquiera lo tuvo cuando Bryan y familia enfermaron y lamentaron la pérdida de su abuelo. Tampoco cuando varios vecinos de la cuadra estuvieron internados en el hospital. Porque, a mediados de febrero, un ex compañero de la escuela le mandó por WhatsApp un video que explicaba cómo el covid es una conspiración para instaurar el nuevo orden mundial. Al verlo en YouTube, ese video lo llevó a otros que demostraban cómo las imágenes de los hospitales colapsados que televisaban los medios eran montajes para que las personas entraran en pánico y así los gobiernos pudieran controlarlos. Amauro se deslizó en un negro agujero de conspiraciones narradas con la voz automática de la computadora, que hilvanaban tétricas imágenes sin coherencia real. Digería video tras video, mientras pensaba que pertenecía a un privilegiado club que era más listo que todos los que le creen a los periódicos y la radio.

Su sospecha de que todo era un complot global se afirmó a pesar de la crisis de contagios que sucedió en España después, o cuando se viralizaron los videos de personas que se desplomaban en la calle en Ecuador. Su mayor argumento para decir que todos los gobiernos se unían a la puesta en escena se lo dio el presidente Giammattei el 13 de marzo, cuando recibió una llamada, a mitad de una conferencia, para informarle del primer contagio en el país. Entonces, no solo reclamó cuando lo obligaron a usar mascarillas, sino especialmente cuando el Congreso aprobó una ampliación presupuestaria de Q1,196 millones para atender la emergencia. “¡Es que no puede ser! ¡Ya tenemos demasiada deuda! ¡El Banco Mundial está haciendo esto con todos los países para después comprarlos!”.

 

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«Agradeció las vacaciones pagadas porque detestaba su trabajo, pero sí se preocupó porque la crisis le quitara el trabajo. Despotricaba continuamente, en redes sociales o con su familia, que acabarían con las economías mundiales y serían esclavos de los chinos comunistas». 

«Agradeció las vacaciones pagadas porque detestaba su trabajo, pero sí se preocupó porque la crisis le quitara el trabajo. Despotricaba continuamente, en redes sociales o con su familia, que acabarían con las economías mundiales y serían esclavos de los chinos comunistas». 

Agradeció las vacaciones pagadas porque detestaba su trabajo, pero sí se preocupó porque la crisis le quitara el trabajo. Despotricaba continuamente, en redes sociales o con su familia, que acabarían con las economías mundiales y serían esclavos de los chinos comunistas. Ellos eran los culpables porque habían fabricado el SARS-CoV-2 en un laboratorio en Wuhan y también crearían la vacuna, y a lo mejor aniquilarían a todo el mundo con ellas (realmente nadie sabe qué pasó con la hipótesis de los murciélagos).

Amauro aprovechó para hacer todos los mandados que tenía pendientes desde hace meses durante “el encierro”. Fue a cancelar tarjetas de crédito, se ofreció a ir al súper para su casa y la de Sonia (quizá también para reírse de los acaparadores), compró vitaminas en la farmacia y hasta abrió por primera vez una cuenta de ahorro. Es decir, buscaba excusas para usar los únicos servicios esenciales que continuaban abiertos.

Mientras tanto, los nuevos videos parecían cobrar coherencia desde la Biblia, explicando que este era el escenario que se preparaba para recibir el Anticristo y que las vacunas en realidad servirían para implantar “la marca de la Bestia”, y quién no recibiera la vacuna, jurando lealtad al maligno, no podría viajar, ni comprar ni vender. Amauro casi no asistía a la iglesia desde hace algunos años, pero lo había hecho desde pequeño así que esto, y la inusitada unidad global, le bastó como suficiente evidencia para probar dicha hipótesis.

Sobra decir que le molestaron enormemente el toque de queda y el cierre obligatorio de las empresas. Sobre todo, porque la venta de automóviles a la que se dedicaba cayeron en picada. Trabajar desde casa dificultaba la concreción de los tratos; las personas de pronto parecían no necesitar un carro o pensar que preferían ahorrar ese dinero porque quién sabe. “Son unos miedosos”, alegaba, malhumorado, pero seguro le frustraba no estar recibiendo comisiones, que las necesita porque está pagando una moto deportiva a plazos.

Entonces, a finales de julio, cuando se estableció el semáforo de alertas, el gobierno de Giammattei se reivindicó a los ojos de Amauro. Estaba entusiasmado de poder salir a diario de su asfixiante casa y de ponerse al día con sus comisiones. No obstante, al llegar a la oficina, se encontró con que sus compañeros de trabajo estaban aterrados ante la posibilidad de contagiarse, que los encerraran en los hospitales temporales o a que ellos y sus familiares murieran.

Así, Amauro sintió que su misión existencial era que todos entendieran el gran engaño. Durante las siguientes semanas, se le podía oír charlando con la recepcionista “mire, Carmencita, usté despreocúpese. Solo es una gripecita lo que le da si le pasa. Lo peor que puede pasarle es que se deje vacunar. Saber qué traerán las vacunas, pero no descabellado pensar que las fabriquen de fetos o nos implanten chips con ellas. Cualquier cosa, Trump dice que la hidrocloroquina lo sana a uno rapidito. Él sabe que todo esto es una trampa. También ya vio que Bolsonaro la tomó y ya está bueno.” Compartía su mejor repertorio de teorías conspirativas, incluida la que afirmaba que la pandemia es una escaramuza para ocultar la expansión global de la señal 5G, a quien le escuchara por más de cinco minutos. Reenviaba tuits que confirmaban su perspectiva y videos de “médicos” que aducen el complot también a las millonarias farmacéuticas, contradecían las medidas restrictivas, el uso de mascarilla y recetaban universalmente la ivermectina. Incluso, fue tan lejos como comprar una cajita de hidrocloroquina por si acaso y recomendaba dónde se encontraba más barata (descartó el otro medicamento porque decidió que estaba demasiado caro).

En su cruzada por “la verdad”, algunos lo han oído a medias y lo tomaron suficientemente en serio para acompañarlo a los bares cuando los abrieron. Sonia, aunque no vio todos los videos, está de acuerdo con él porque esas cosas le tienen sin cuidado (o quizá porque todavía espera un anillo de compromiso). Otros se confunden aún más, sin saber qué creer, especialmente las cajeras del banco o del supermercado a las que procura convencer si le dan la oportunidad. Y la mayoría procura evitarlo porque sus argumentaciones ya no tienen ningún sentido.

No sabemos si Amauro se contagiará de Covid. O si perderá a alguien cercano. Mucho menos, si eso lo hará ver la realidad desde otra perspectiva. Pero no es lo importante. Aunque vemos los mismos hechos, en la era virtual, la pandemia se interpreta de distintas maneras y se vive de diferentes formas. Así, el ya enorme reto que el Covid presenta para la sanidad pública, escala porque se debe proteger no solo a los reticentes, sino a quienes deslegitiman al sistema a través de cualquier suerte de argumentos.

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