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15/06/2021

Las grietas en el turismo de fuego

El volcán de Pacaya recibió por lo menos 5 mil visitantes en los últimos meses. Los enormes e imparables ríos de lava atrajeron a todo tipo de personas. Mientras que, para unos la lava fue novedad, inspiración, negocio y selfies, para otros fue destrucción, riesgo y preocupación..

Texto: Sofía Menchú
Foto: Oliver de Ros
Edición: Oswaldo J. Hernández

Visitar el volcán de Pacaya en los días en que el flujo de lava era constante fue un espectáculo y no solo por la lava y sus más de tres vertientes, sino por todo lo que se veía y ocurría alrededor del fuego. Contrastes de desigualdad. Indiferencia a otras realidades. Una postal de Guatemala. Las comunidades donde la lava alcanzó los 40 metros de altura a una velocidad de 3.7 mts/hora, se convirtieron en escenarios que, por un lado atrajeron a decenas de curiosos, y por otro tenía el telón de fondo de personas en riesgo y vulnerabilidad: La Breña, San José El Rodeo y El Patrocinio.

En La Breña, dentro de una finca, quedaron enormes rocas de lava disecadas que bloquearon la ruta. Nadie podía ver el camino detrás de las piedras, a menos que se lograra escalar sobre ellas y desde la cima observar el resto del panorama. Mientras que en San José El Rodeo, donde el flujo duró 32 días, la lava irrumpió en medio de enormes campos y se detuvo apenas a unos kilómetros de las casas de la comunidad. 

Después de 70 días de lava en actividad, los lugareños optaron por hacer oraciones y pedir, mediante procesiones realizadas cada semana, el milagro que frenara el avance del fuego sobre las comunidades. El Estado apenas se preocupó por ellos. Y el ruego era la única esperanza. En medio de la angustia de los comunitarios de perder sus casas, sus vidas, otras decenas de personas llegaron, indiferentes a la zozobra del lugar, a observar como turistas los ríos de lava, a tomarse fotografías con aquello que les parecía un espectáculo al que no podían faltar. 

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Visitar el volcán de Pacaya en los días en que el flujo de lava era constante fue un espectáculo y no solo por la lava y sus más de tres vertientes, sino por todo lo que se veía y ocurría alrededor del fuego. Contrastes de desigualdad. Indiferencia a otras realidades. Una postal de Guatemala. Las comunidades donde la lava alcanzó los 40 metros de altura a una velocidad de 3.7 mts/hora, se convirtieron en escenarios que, por un lado atrajeron a decenas de curiosos, y por otro tenía el telón de fondo de personas en riesgo y vulnerabilidad: La Breña, San José El Rodeo y El Patrocinio.

En La Breña, dentro de una finca, quedaron enormes rocas de lava disecadas que bloquearon la ruta. Nadie podía ver el camino detrás de las piedras, a menos que se lograra escalar sobre ellas y desde la cima observar el resto del panorama. Mientras que en San José El Rodeo, donde el flujo duró 32 días, la lava irrumpió en medio de enormes campos y se detuvo apenas a unos kilómetros de las casas de la comunidad. 

Después de 70 días de lava en actividad, los lugareños optaron por hacer oraciones y pedir, mediante procesiones realizadas cada semana, el milagro que frenara el avance del fuego sobre las comunidades. El Estado apenas se preocupó por ellos. Y el ruego era la única esperanza. En medio de la angustia de los comunitarios de perder sus casas, sus vidas, otras decenas de personas llegaron, indiferentes a la zozobra del lugar, a observar como turistas los ríos de lava, a tomarse fotografías con aquello que les parecía un espectáculo al que no podían faltar. 

Los turistas llegaron a pesar que para otros el espectáculo podía significar perder sus casas y sus vidas. FOTO Oliver de Ros.

Atraídos por el peligro

La mañana de un miércoles de abril, el sacerdote de la iglesia de San Vicente de Pacaya, monseñor Víctor Palma, bajó de su vehículo para orar cerca de la lava y rogar a Dios porque esta no llegara ni consumiera las casas de los comunitarios. Un par de reporteros del lugar tomaron fotografías y videos, con sus celulares, de la actividad. La oración fue breve. El cura se despidió y se retiró. “Aún cuando hay toda una historia de erupciones del Pacaya, el avance de la lava ya afecta los terrenos de varias personas, especialmente de trabajadores agrícolas. Pedimos que el interés por el bien común prive sobre intereses de aprovechamiento de la necesidad humana”, dijo Palma.

Ese día, las mujeres y los niños de las comunidades comenzaron a llegar para colocarse cerca de la lava y sentarse por el resto del día a observar. Su motivación no era curiosidad sino miedo. “Vengo a verla todos los días para saber si avanza o no”, dijo Maria Luisa Osorio, vecina de El Rodeo, sentada en silencio en el suelo. 

Durante el día, las rocas grises sobre los ríos de lava hacían ruido, un sonido como de carbón quemándose, que a su paso dejaban un rastro de humo que se llevaba el viento, ocultando ese color naranja incandescente que se suponía corría bajo las piedras. Al acercarse, tanto el aire como el suelo estaban calientes. El fuego no podía verse a menos que la visita fuera por la noche.

Un grupo de unos cinco niños, de entre 8 a 12 años, caminaban de un lado a otro ofreciendo dulces, chicles, ricitos y gaseosas a los presentes. Eran de las comunidades afectadas, y en su inocencia, cuando no estaban vendiendo aprovechan a correr y jugar un rato. 

 Mientras los “turistas” iban llegando, en la parte plana, antes de bajar una cuestecita para llegar a la lava, un hombre abría una cerca de alambre que resguardaba un área que funcionaba como parqueo. Q20 por vehículo, una forma de sacar partido ante la posible tragedia. 

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Atraídos por el peligro

La mañana de un miércoles de abril, el sacerdote de la iglesia de San Vicente de Pacaya, monseñor Víctor Palma, bajó de su vehículo para orar cerca de la lava y rogar a Dios porque esta no llegara ni consumiera las casas de los comunitarios. Un par de reporteros del lugar tomaron fotografías y videos, con sus celulares, de la actividad. La oración fue breve. El cura se despidió y se retiró. “Aún cuando hay toda una historia de erupciones del Pacaya, el avance de la lava ya afecta los terrenos de varias personas, especialmente de trabajadores agrícolas. Pedimos que el interés por el bien común prive sobre intereses de aprovechamiento de la necesidad humana”, dijo Palma.

Ese día, las mujeres y los niños de las comunidades comenzaron a llegar para colocarse cerca de la lava y sentarse por el resto del día a observar. Su motivación no era curiosidad sino miedo. “Vengo a verla todos los días para saber si avanza o no”, dijo Maria Luisa Osorio, vecina de El Rodeo, sentada en silencio en el suelo. 

Durante el día, las rocas grises sobre los ríos de lava hacían ruido, un sonido como de carbón quemándose, que a su paso dejaban un rastro de humo que se llevaba el viento, ocultando ese color naranja incandescente que se suponía corría bajo las piedras. Al acercarse, tanto el aire como el suelo estaban calientes. El fuego no podía verse a menos que la visita fuera por la noche.

Un grupo de unos cinco niños, de entre 8 a 12 años, caminaban de un lado a otro ofreciendo dulces, chicles, ricitos y gaseosas a los presentes. Eran de las comunidades afectadas, y en su inocencia, cuando no estaban vendiendo aprovechan a correr y jugar un rato. 

 Mientras los “turistas” iban llegando, en la parte plana, antes de bajar una cuestecita para llegar a la lava, un hombre abría una cerca de alambre que resguardaba un área que funcionaba como parqueo. Q20 por vehículo, una forma de sacar partido ante la posible tragedia. 

Los comunitarios llegaban al lugar para rezar y pedir que la lava no avanzara sobre sus viviendas. FOTO: Oliver de Ros.

Job Samayoa, un vecino de El Rodeo, en medio del paisaje de lava y humo, llegó a platicar con otros líderes de la comunidad. Se habían organizado y acostumbraban a estar en el lugar todos los días para idear planes con el objetivo de desviar el fuego y que los flujos no llegaran a sus viviendas que estaban a menos de un kilómetro aproximadamente. 

“Si meten una maquinaría por allá y tiran ese fuego en una cuneta, seguro que no llega a las casas, se va para el barranco”, dijo una vecina que solo se acercó al grupo de líderes comunitarios para dar esa opinión. 

Según, David de León, vocero de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), que a veces apoyaba en las reuniones de los comunitarios, el flujo de lava avanzaba entre 25 a 30 metros cada día. 

Mientras la reunión de los comunitarios y los delegados de Conred continuaba, una mujer pequeña,  vestida de negro apareció cargando un chelo gigantesco. Los comunitarios se quedaron viendo asombrados. Era Pamela Flores, una chelista guatemalteca, que se disponía a tocar cerca del fuego. 

Su acompañante, un hombre rubio y de acento extranjero, preparó la cámara y comenzó a grabarla parada al lado de las rocas y tocando el chelo. La música era solemne.

“Ver la tierra en pleno acto creativo es una emoción sin precedentes”, dijo. Ella llegó ahí para filmar parte de un videoclip de una melodía que trata sobre el fuego. No obstante, la artista no dijo nada sobre el riesgo evidente que corrían las comunidades. En ese momento era su video, su emoción.

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Job Samayoa, un vecino de El Rodeo, en medio del paisaje de lava y humo, llegó a platicar con otros líderes de la comunidad. Se habían organizado y acostumbraban a estar en el lugar todos los días para idear planes con el objetivo de desviar el fuego y que los flujos no llegaran a sus viviendas que estaban a menos de un kilómetro aproximadamente. 

“Si meten una maquinaría por allá y tiran ese fuego en una cuneta, seguro que no llega a las casas, se va para el barranco”, dijo una vecina que solo se acercó al grupo de líderes comunitarios para dar esa opinión. 

Según, David de León, vocero de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), que a veces apoyaba en las reuniones de los comunitarios, el flujo de lava avanzaba entre 25 a 30 metros cada día. 

Mientras la reunión de los comunitarios y los delegados de Conred continuaba, una mujer pequeña,  vestida de negro apareció cargando un chelo gigantesco. Los comunitarios se quedaron viendo asombrados. Era Pamela Flores, una chelista guatemalteca, que se disponía a tocar cerca del fuego. 

Su acompañante, un hombre rubio y de acento extranjero, preparó la cámara y comenzó a grabarla parada al lado de las rocas y tocando el chelo. La música era solemne.

“Ver la tierra en pleno acto creativo es una emoción sin precedentes”, dijo. Ella llegó ahí para filmar parte de un videoclip de una melodía que trata sobre el fuego. No obstante, la artista no dijo nada sobre el riesgo evidente que corrían las comunidades. En ese momento era su video, su emoción.

Entre selfies, risas y despreocupación, los turistas llegaron a retratarse ante los flujos de lava cerca de las comunidades. FOTO: Oliver de Ros.

“Yo perdí parte de mi tierra, árboles de aguacate, café y tuve que sacar a mis animales para que no se quemaran”, contó Samayoa, conversando con los otros vecinos y las autoridades de Conred.

En algún momento una patrulla policial también llegó al lugar, pero su presencia fue breve. 

Para entonces, los miércoles de cada semana eran días de procesión para los vecinos de San José El Rodeo y El Patrocinio. Continuaron por unas semanas más con este acto de fe hasta el momento en que cesó la amenaza, que en esa área fue el 22 de abril, ahora con la intención de agradecer que el milagro se cumplió.

“En ese momento por la actividad explosiva fuerte del volcán solo se cerró el Parque Nacional Pacaya. En otras áreas, las personas estaban ingresando por fincas privadas acercándose al flujo de lava en El Rodeo. En su momento sí hubo restricción, pero las personas no respetaron eso”, explicó de León. 

Mientras el volcán, uno de los 32 que existen en Guatemala, amenazó durante más de tres meses a todas estas comunidades de alrededor, el administrador del parque, Oscar Ronquillo, acordó con los guías locales -sin su fuente de ingreso habitual-, el cobro de recorridos a Q200 para reactivar la economía. Los turistas aparecieron, como suelen aparecer siempre los turistas: con cámaras, sonrisas, dinero, sin contexto. Tampoco son culpables de serlo. 

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“Yo perdí parte de mi tierra, árboles de aguacate, café y tuve que sacar a mis animales para que no se quemaran”, contó Samayoa, conversando con los otros vecinos y las autoridades de Conred.

En algún momento una patrulla policial también llegó al lugar, pero su presencia fue breve. 

Para entonces, los miércoles de cada semana eran días de procesión para los vecinos de San José El Rodeo y El Patrocinio. Continuaron por unas semanas más con este acto de fe hasta el momento en que cesó la amenaza, que en esa área fue el 22 de abril, ahora con la intención de agradecer que el milagro se cumplió.

“En ese momento por la actividad explosiva fuerte del volcán solo se cerró el Parque Nacional Pacaya. En otras áreas, las personas estaban ingresando por fincas privadas acercándose al flujo de lava en El Rodeo. En su momento sí hubo restricción, pero las personas no respetaron eso”, explicó de León. 

Mientras el volcán, uno de los 32 que existen en Guatemala, amenazó durante más de tres meses a todas estas comunidades de alrededor, el administrador del parque, Oscar Ronquillo, acordó con los guías locales -sin su fuente de ingreso habitual-, el cobro de recorridos a Q200 para reactivar la economía. Los turistas aparecieron, como suelen aparecer siempre los turistas: con cámaras, sonrisas, dinero, sin contexto. Tampoco son culpables de serlo. 

Los comunitarios se vieron en la necesidad de organizarse para evitar una tragedia. FOTO: Oliver de Ros.

El 29 de abril, el volcán de Pacaya tuvo otra fisura, en el cráter Mackenney, que atrajo a los visitantes hacía la ruta habitual: observar la actividad y la lava desde el Cerro Chino. Y por otra parte, regresó el miedo de los comunitarios. El miedo de perderlo todo. Dos nociones de entender la lava. Dos Guatemalas en su contradicción. El espectáculo y el temor. El riesgo y el privilegio. 

“Ahora mantiene actividad normal con algunas explosiones en el cráter principal”, confirmó de León. La vida alrededor del volcán de Pacaya también ha vuelto a la normalidad, a la espera de una nueva grieta de magma en el suelo desde donde se pueda contemplar de nuevo esa forma de ser guatemaltecos.

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El 29 de abril, el volcán de Pacaya tuvo otra fisura, en el cráter Mackenney, que atrajo a los visitantes hacía la ruta habitual: observar la actividad y la lava desde el Cerro Chino. Y por otra parte, regresó el miedo de los comunitarios. El miedo de perderlo todo. Dos nociones de entender la lava. Dos Guatemalas en su contradicción. El espectáculo y el temor. El riesgo y el privilegio. 

“Ahora mantiene actividad normal con algunas explosiones en el cráter principal”, confirmó de León. La vida alrededor del volcán de Pacaya también ha vuelto a la normalidad, a la espera de una nueva grieta de magma en el suelo desde donde se pueda contemplar de nuevo esa forma de ser guatemaltecos.

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