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13/01/2022

A Guatemala siempre estamos volviendo

El golpe de Estado en Guatemala, en 1954, marca el crecimiento del exilio político en Latinoamérica. Cuatro exiliados guatemaltecos de distintas épocas, coincidentes en Argentina, nos recuerdan los sinuosos caminos de la represión política y marginación que los llevaron al otro extremo de América. 

Texto: Ezequiel Fernández Bravo y Julieta Bugacoff
La producciòn de esta crónica contó con el apoyo de la Fundación Gabriel García Márquez

Miguel Ángel recuerda que el 27 de junio de 1954, el día del golpe a Jacobo Árbenz, viajó en auto en medio de bombardeos. Esa mañana su padre, también llamado Miguel Ángel, un diplomático guatemalteco que estaba de visita en su país natal, le pidió que lo acompañara a una misión de gobierno en El Salvador. Su padre, que pocos meses atrás había sido testigo de la Conferencia de Caracas, le dijo mientras se subían al coche que El Salvador era un lugar estratégico para la revolución guatemalteca. Su padre, que ya había escrito Hombres de Maíz y todavía no conocía el exilio, debía regresar a la embajada que encabezaba y llevar un mensaje confidencial para el presidente salvadoreño Óscar Osorio. 

No se lo dijo entonces, pero la tarea de Miguel Ángel Asturias Rosales, el futuro premio Nobel de Literatura guatemalteco, era advertir sobre las últimas novedades de la invasión mercenaria desde Honduras. Lo que ninguno de los dos Miguel Ángel sabía era que pocas horas después Árbenz firmaría su renuncia, en un intento de paralizar una conspiración militar interna. Tampoco sabían que ese día empezaría la Guerra Fría en América Latina y se concretaría en la región el primero de varios procesos contrarrevolucionarios maquinados por el gobierno norteamericano.

Asturias padre viajó apurado los 300 kilómetros que separan las capitales de ambos países. Pero el camino se hizo lento: a cada pocos kilómetros se cruzaban con campesinos comprometidos con la revolución que tiraban árboles en la carretera para impedir el paso. Cuando frenaban, les pedían identificación. Mientras su papá hacía lo imposible para sortear los controles, en su camino hacia el sur Miguel miraba por la ventana: a menos de cien metros de la ruta, aviones estadounidenses bombardeaban las casas de los campesinos. Algunos hombres salían de sus hogares sosteniendo machetes y le gritaban a las máquinas que surcaban el cielo: “Bajen, desgraciados. Acá los esperamos.”

Esas reacciones tenían un porqué. Entre 1944 y 1954 el gobierno había beneficiado a las clases explotadas -en particular campesinos e indígenas- a través de distintas acciones económicas y políticas; entre ellas, la Ley de Reforma Agraria. Por eso, una de las primeras medidas de la dictadura de Carlos Castillo Armas, quien lideró el golpe, fue devolver las tierras expropiadas a sus antiguos dueños, luego de asesinar a muchos de los que habían recibido las parcelas durante esos años.

A las nueve de la noche los Asturias ya habían cruzado la frontera. Desde la embajada, prendieron la radio y escucharon a Árbenz decir: “No me han acorralado los argumentos del enemigo, sino los medios materiales con los que cuenta para la destrucción de Guatemala”. A esa hora terminaron de confirmar lo que temían desde el 18 de junio, en el comienzo de la invasión: el golpe de Estado había sido exitoso. Las palabras de Árbenz fueron claras: Estados Unidos había utilizado la amenaza del comunismo como justificación, pero su verdadera motivación era la defensa de los intereses financieros de la United Fruit Company y otros monopolios norteamericanos en América Latina. Cuando terminó de hablar, Asturias padre pensó por primera vez en la posibilidad del exilio. 

Tres días después de que cayera el presidente, en Guatemala seguía habiendo focos de resistencia; Carlos Castillo Armas y el ejército “liberacionista” recién entrarían triunfantes a la Capital el 3 de julio de 1954. Entre los que no se resignaban estaba Carlos Dardón, un líder estudiantil que se había iniciado políticamente durante el gobierno de Juan José Arévalo y quería salir a defender al gobierno. El 30 de junio a las dos de la tarde subió a un camión que lo llevó desde el centro de la Capital de Guatemala al hospital Roosevelt, un edificio de varios pisos inaugurado en 1944, en el comienzo de la “Revolución de Octubre”. Allí, en la zona 11 de la ciudad, Carlos se reunió con cientos de estudiantes, campesinos, algunos sectores militares y demás leales a Árbenz. Querían armas para defender su revolución.

Al llegar al hospital Carlos se sumó a un cordón de personas que rodeaban el sanatorio. Ni él ni la mayoría sabían de manejos militares. Su experiencia se había forjado en la militancia en la Escuela Normal Central para Varones y en la Confederación de Estudiantes de Escuela Secundaria, de la que había sido presidente. 

Carlos hablaba con compañeros, conjeturaba, especulaba por la llegada del armamento. A las cuatro de la tarde todavía no había tenido novedades. A las cinco no había hecho otra cosa que estar parado. Carlos, un veinteañero devenido en Secretario de Juventudes, quería defender hasta la muerte a Árbenz. A las seis de la tarde ya había oscurecido. Las armas no aparecieron: la desobediencia militar se mostraba inexorable ante la impotencia popular. ¿Por qué no peleamos, por qué no defendemos la revolución?, se preguntó. La misma pregunta se la hace 67 años después.

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Los exiliados guatemaltecos de distintas épocas, coincidentes en Argentina, nos recuerdan los sinuosos caminos de la represión política y marginación que los llevaron al otro extremo de América.

El sociólogo Edelberto Torres Rivas fue una de las voces más lúcidas que ha tratado de responder esta pregunta: en un ensayo de 1979, explicaba que la renuncia de Árbenz no había sido el acto final de una serie de acontecimientos que llegan al límite y se resuelven por su propio peso, como había sucedido con la muerte de Getulio Vargas, el 24 de agosto de 1954, o el asesinato de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973. En Guatemala, los líderes del Frente Democrático Nacional no habían querido primero, y no pudieron después, trasladar el enfrentamiento político a las masas y de sus organizaciones. Confiaron, creyeron, prolongaron demasiado la ilusión del “ejército de la revolución”.

La noche del treinta Carlos no durmió en el hogar de sus padres, dos artistas de clase media politizados al calor de aquellos años. Tampoco durmió en las siguientes. Deambuló por casas de amigos, temeroso de la represión del nuevo régimen. Buscó asilo en la embajada de México, pero estaba repleta. Encontró lugar en la de Argentina, un país del que sabía que lo gobernaba Juan Domingo Perón, que era democrático, y que allí había estudiado en la universidad Juan José Arévalo, el primer presidente del período democrático. 

En la embajada, una casona antigua ubicada en la 11 calle y Segunda avenida que se destacaba por sus dos altas palmeras, compartió asilo junto a trescientas personas. Entre ellas, un joven Ernesto “Che” Guevara que hacía partidas brillantes al ajedrez. Organizaban campeonatos:  ambos jugaban en la categoría superior. El Che solía hacer dos o tres partidas simultáneas, casi a ciegas. Allí, dice Carlos, el Che vivió las experiencias políticas que marcaron su futuro en Cuba.

Pasó dos meses y medio en la embajada, entre rumores de una posible intervención de Castillo Armas, el nuevo presidente de facto, y casi sin contactos con el exterior. Dormía con el resto de los hombres en el primer piso de la residencia. Recuerda a los cuadros mayores del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) y a los jóvenes estudiantes como dos grupos separados. El nueve de septiembre a la madrugada partió hacia el aeropuerto junto a otros compañeros en varios micros que flameaban la bandera Argentina. Un segundo grupo se fue el 14, el día del cumpleaños de Árbenz, y un tercero dejó el país a inicios de octubre. 

En esos meses, Carlos fue uno de los 800 protagonistas de un “asilo diplomático en masa” en distintas embajadas extranjeras. De allí, la mayoría tuvo como destino México, Brasil, Argentina, Uruguay y Ecuador. Carlos no lo sabía, pero tendrían que pasar veinte años para que sus pies tocaran suelo guatemalteco nuevamente.

Ese nueve de septiembre, a pocas cuadras del aeropuerto, la mamá de Julio Estévez le señaló a su hijo un avión que carreteaba por la pista de despegue. En él se estaba exiliando su papá, un líder universitario que estudiaba economía. Julio tenía cinco años y no entendía qué estaba sucediendo.

-Tu papá se va a un país que se llama Argentina.

-¿Y dónde está Argentina?

-Lejos, lejos -le respondió mientras el punto fijo se perdía en el horizonte. Julio tardó dos años en entender que Argentina no quedaba en el cielo. Tardó varias décadas más para comprender que ese día su hogar había explotado en varias partes.

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«En la embajada, una casona antigua ubicada en la 11 calle y Segunda avenida que se destacaba por sus dos altas palmeras, compartió asilo junto a trescientas personas. Entre ellas, un joven Ernesto “Che” Guevara que hacía partidas brillantes al ajedrez».

Carlos Dardón viajó a Buenos Aires sin más garantías que la ropa que llevaba en una valija. Miguel Ángel Asturias Amado esperó en Guatemala cuatro años antes de encontrarse con un padre que pasaría las siguientes dos décadas exiliado por el mundo. Julio Estevez era niño cuando se subió a un avión junto a su madre para reunir de nuevo a la familia. Al día de hoy se preguntan cómo se une aquello que se rompió una vez. 

Carlos, Miguel Ángel y Julio ataron cabos a miles de kilómetros, en Argentina, muchos años más tarde. Allí entendieron que compartían un lugar de pertenencia, pero también otro hogar igual de preciado: un tiempo común. Pero para que tejan esa historia todavía falta. Ahora, apenas están llegando. 

***

Los aviones que llevaron a cabo la “Operación Guatemala” fueron cinco. Todos eran de la Segunda Guerra Mundial: un Viking T-3, T-10, T-11, T-76 y T-9393. Carlos Dardón viajó en uno que hizo cinco escalas y llegó sin inconvenientes. El de su amigo Roberto Paz y Paz tuvo un vuelo más difícil: mientras cruzaban los Andes, el motor derecho del T-11 empezó a fallar y se apagó. Con un sólo motor y la mitad de potencia, el capitán ordenó tirar en pleno vuelo valijas, asientos, alfombras y hasta la máquina de escribir del propio Roberto, que era periodista, para aligerar la nave. Incluso cuatro hombres entregados al bien común llegaron a ofrecerse para saltar al vacío y quitar peso. Para suerte para los viajantes, después del cruce el piloto estabilizó el avión el resto del camino hasta llegar a destino. 

El Hotel de Inmigrantes fue el primer destino de todos ellos antes de poner un pie en el centro de Buenos Aires. A partir de allí el camino de los asilados y exiliados se dividió: los que se quedaron en las afueras del Gran Buenos Aires, la mayoría en Villa Domínico; y los que se fueron a vivir a los hoteles y pensiones de la capital.

Carlos dice que, al principio, el gobierno de Perón se portó muy bien porque hizo lo imposible para conseguir que el gobierno de Guatemala reconociese el derecho de asilo. Carlos Dardón fue uno de los treinta y tres guatemaltecos que, a pesar de llegar al país por la acción humanitaria del gobierno de Perón, quedó preso, sin juicio previo, durante casi un año. Fue uno de los treinta y tres que pasó por la extraña paradoja de ser asilado político en un país que luego los encerró por sospechar de su militancia comunista. “Me llevaron a una seccional en Urquiza al 800, en el barrio de San Cristóbal. Me interrogó un oficial que me acusaba de comunista. Después sacó una carpeta y me confirmó que estaba identificado. De ahí fui directo a la cárcel”, recuerda.

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Desde Argentina, los exiliados guatemaltecos recuerdan las circunstancias políticas que los llevó al exilio.

Es muy posible que ese policía supiera del viaje que Dardón había hecho años antes a un Festival de la Juventud en Rumania.  Es probable, también, que la cárcel fuera una forma de controlar el “peligro comunista”. Y seguramente la presión estadounidense haya estado detrás de todo esto. Analizar el encarcelamiento es complejo: el peronismo había surgido como un movimiento político caracterizado como un populismo clásico y la figura de Perón suele estar asociada con la ampliación de derechos sociales y políticos de las clases populares. Al respecto, los investigadores Julieta Rostica, Nicolás Pedroni y Laura Sala explican que la respuesta del gobierno argentino sólo puede comprenderse en el marco de la ambigüedad ideológica del peronismo, las normas represivas que regían en toda América Latina, y las altas dosis de intervencionismo norteamericano. 

Lo cierto es que Dardón estuvo diez meses en el cuadro quinto de Devoto compartiendo espacio con otros dirigentes, artistas y militantes de la UBA. Carlos recuerda que la discusión política era parte del día a día: allí podía conversar con el periodista y militante Isidoro Gilbert, entonces “un pibe jovencito con ganas de escribir”, Marcelo Perelman, recién iniciado en la militancia del PC, o Enrique Beveraggi, quien tres décadas más tarde sería el médico de Raúl Alfonsin. Incluso había un rebelde de la estirpe Bullrich- uno de los apellidos aristocráticos de Argentina- que daba clases de francés, dice Carlos, con acento intachable. Carlos no lo vio porque estaba preso, pero durante ese año fue testigo de otro bombardeo, el de la Plaza de Mayo. El 16 de junio treinta aviones de Marina de Guerra y Aeronáutica bombardearon el centro porteño y la Casa de Gobierno con el objetivo de derribar a Perón: murieron más de 300 personas y resultaron heridas otros cientos.

Cuando Dardón salió, muchos de sus contactos se perdieron. Por eso tuvo que inventar o fortalecer otros. Entre ellos estaba el padre de Julio Estévez, uno de los fundadores de la Unión de Guatemaltecos en Argentina (UGA). Durante un buen tiempo se reunieron los fines de semana en la casa del ex embajador Manuel Galich, en Parque Chacabuco. En 1963, cuando Galich se instaló en Cuba, el lugar de reunión pasó a ser la casa de Estévez, en el barrio de Flores, donde coincidían exiliados guatemaltecos y de otros países del continente. 

Julio era chico y no recuerda mucho de aquella casa, apenas la bandera de Guatemala que colgaba en una de las paredes y una foto de Árbenz en el comedor. Viajó en 1956 a Argentina, dos años después que su padre. “A mi viejo le gustaba mostrar Buenos Aires, escuchaban tango pero también folklore latinoamericano. Había discusión política, pero también mucha cultura”, dice, sentado en un bar de la Avenida Pedro Goyena, mientras mira una agenda de motivos mayas. 

Miguel Ángel se sumó a esos encuentros en 1958. Durante los cuatro años previos a migrar fue testigo de la violencia política cotidiana. Aunque su familia estuvo preservada: los Asturias pertenecían a la clase media acomodada y tenían costumbres tradicionales vinculadas al catolicismo; incluso en el contexto de un Gobierno de facto su apellido fue respetado. Aunque no se olvida del día en que unas llamas encendidas por manos militares consumieron El señor presidente -novela fundamental de Asturias- en la plaza central de Guatemala.

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Lo que ninguno de los dos Miguel Ángel sabía era que pocas horas después Árbenz firmaría su renuncia, en un intento de paralizar una conspiración militar interna.

De Buenos Aires, lo primero que recuerda apenas descendió del avión en Ezeiza, es a su padre -al que no veía hace cuatro años- esperándolo junto al poeta Atilio Jorge Castelpoggi. El mismo día de la llegada de su hijo, el Premio Nobel de Literatura había organizado una reunión de presentación en su casa. Entre los invitados se encontraban personalidades de la cultura como el cantautor Atahualpa Yupanqui, o los poetas Rafael Alberti y Elvio Romero. Si bien el plan original del joven era permanecer un tiempo corto, su padre y su hermano Rodrigo, que de muy joven se había formado como cuadro político, lo convencieron para que estudiara ingeniería en la UBA. Uno de los rasgos que más sorprendió a Miguel Ángel fue la cantidad de gente que accedía a la educación universitaria: “Sentía que tenía que estar a la altura de la situación. Empecé a ver películas de Bergman al Lorraine, a leer y a tener posiciones políticas. Todo era nuevo”, dice. 

Los Asturias vivían en un primer piso en Libertador y Basavilbaso, frente a la Plaza San

Martín, a pocos metros de la estación Retiro. Los fines de semana tomaban el tren hasta Tigre, y de allí una lancha interisleña los llevaba en treinta minutos a Shangri-Lá, la casa que tenían sobre el río Sarmiento. Allí Miguel Ángel padre escribió algunas de sus mejores obras y terminó la Trilogía bananera (“Viento fuerte”, “El papa Verde” y “Los ojos de los enterrados”), tres novelas centradas en la vida de la población rural de Guatemala y las problemáticas generadas por la United Fruit Company. Pero eso fue hasta 1962. Porque Asturias padre, que en el 59 había sido invitado por el mismo Che Guevara a Cuba, tuvo que abandonar el país cuando sucedió el golpe militar a Arturo Frondizi. Otra vez el exilio. Otra vez el destierro. 

***

Los treinta años que siguen, los treinta años posteriores a 1954, son las tres décadas de un proceso social genocida que culminó con la desaparición forzada y muerte de más de 200 mil personas, entre finales de la década de 1970 y principios de 1980. Los números, como en otros casos latinoamericanos, son símbolos que están sujetos a debate, como lo muestra el Informe Guatemala, Nunca más. “La Comisión de Esclarecimiento Histórico hizo una proyección conservadora para que no la pudieran deslegitimar”, dice la antropóloga argentina Ana González, una de las 273 especialistas que participaron de su elaboración. De acuerdo al documento, el 83.3% de los asesinados pertenecían al pueblo maya. González es hija de otro exilio: en 1979 se tuvo que ir de Argentina. Primero a México. Después, tejió su vida entre Guatemala y Buenos Aires.

En esos treinta años, las vidas de Carlos, Julio y Miguel forman cauces que serpentean, van y vienen, se amesetan y toman fuerza para acelerar entre dos tierras. Van y vienen como un péndulo entre tiempos, familias, hogares y proyectos, siempre en construcción.

Julio vivió con sus padres y sus dos hermanos hasta 1972. Fueron casi dos décadas de postergar un retorno que de a poco iba quedando cada vez más borroso. “Todos los exiliados piensan así: el año que viene nos vamos. Para qué vamos comprar una casa si el año que viene volvemos. Y así toda la vida. Pero mi papá lo tenía claro, y un día fue verdad”, dice. Ellos volvieron a Guatemala y él se quedó sólo con su hermana. 

Para esa época, Julio militaba en el MAS y estudiaba sociología en la Universidad de Buenos Airs. Estuvo detenido dos veces, en 1969 y 1972. Una de ellas en Devoto. En ambas la policía se acordó de su padre. “Me dijeron: acá estuvo tu viejo. Lo tenían registrado como detenido, aunque nunca lo había estado”. Intentó volver a Guatemala en 1975: “pero no me gustó. Me siento de allá, pero cuando volví no fue lo mismo”. En Guatemala, un año antes, Kjell Eugenio Laugerud García había llegado a la presidencia por medio del fraude. Un año después, un terremoto sacudió al país y dejó 23.000 muertos.

En 1975, en Argentina, pasaron cosas fundamentales para el futuro de las dos latitudes. En la provincia de Tucumán, el Ejército y la Fuerza Aérea llevaron a cabo el Operativo Independencia, el inicio de una política institucional de desaparición forzada de personas. Mientras tanto, en Buenos Aires el vicepresidente Mario Sandoval Alarcón y su hermano, el embajador Armando Sandoval Alarcón, recibían la Orden del Libertador San Martín.

Los Sandoval Alarcón eran importantes figuras del Movimiento de Liberación Nacional de Guatemala. Mario Sandoval Alarcón -que había participado en el golpe de 1954- continuaría su relación con la dictadura cívico-militar argentina entrevistándose con Jorge Rafael Videla en 1977 y en 1980, y participando ese año en Buenos Aires de la Confederación Anticomunista Latinoamericana, una red latinoamericana de extrema derecha que dio apoyo para la represión a las dictaduras de cada uno de los países. No fue un caso aislado: como muestra la investigadora Julieta Rostica, la colaboración entre ambos países incluyó la formación en inteligencia de oficiales guatemaltecos de alto rango en Argentina, visitas de comisiones formadas por asesores argentinos a Centroamérica, y transferencia de recursos y experiencias en inteligencia.

La última vez que Julio Estévez voló a su país fue en 2016; desde que murió su madre no tuvo más ganas de volver. Todavía se pregunta qué hubiera pasado si Árbenz continuaba su presidencia:

-Por ahí Guatemala hubiera sido Cuba en el 59. Pero el exilio hizo eso: rompió la familia. Nos separó. Me rompió. Ahora ya no podemos volver atrás.

Pasaron veinte años antes de que Carlos volviera a Guatemala. No podía salir de Argentina por problemas de documentos: “cuando llegué nos dieron una tarjeta. Con ella teníamos que presentarnos todos los meses en Coordinación Federal para certificar que seguíamos en el país. Estuve 16 años sin una documentación regular”, explica. En 1975, ya con dos hijos, volvió a su país para ver a su padre. Igual que Julio, había dejado una Guatemala progresista y volvió a una Guatemala gobernada por militares. “Todo era distinto: amigos exiliados, compañeros de estudio a los que la policía había matado, las masacres permanentes”, recuerda. Su familia se repartió entre Estados Unidos, Suiza y España. Unos pocos quedaron en el país. Desde entonces Guatemala fue quedando cada vez más lejos. Las noticias, los relatos, los lazos se hicieron más tenues, como la voz de un eco que retumba débil hasta que se apaga y se transforma en algo que dejó de ser.

Miguel formó su vida en Buenos Aires: recién volvió a Guatemala en 1976, cuando celebró en la casa de su madre el primer cumpleaños de su hijo. Asturias padre pasó más de una década en el exilio. Sólo una vez retornó al país, por cuatro meses, a través de un salvoconducto: le habían quitado hasta la nacionalidad guatemalteca. Ambos mantuvieron una correspondencia de cartas tristes que sólo cambiaron de tono en 1966, cuando Julio César Méndez Montenegro llegó al poder en Guatemala, le devolvió su ciudadanía y lo nombró embajador en Francia. 

Tiempo antes de su muerte, en 1974, le llegó el reconocimiento internacional por el Premio Lenin de La Paz (1965) y el Nobel de Literatura (1967). En la actualidad, los restos del Nobel descansan en el cementerio de Père-Lachaise en París. En varias entrevistas Miguel afirmó que las cenizas de su padre sólo volverán a Guatemala si de esa manera se promueve la unidad nacional. “Aún no es el momento”, dice. 

Su hermano Rodrigo, después de estudiar derecho en la Universidad de La Plata, volvió a Guatemala a principios de los 60. En 1968, mientras estaba exiliado en México, Miguel lo visitó y vivió con él durante dos meses. Después de eso, pasaron veintiocho años de silencio. La historia es conocida: en 1970 Rodrigo se fue a la montaña y allí estuvo durante más de dos décadas organizando la guerrilla Organización del Pueblo en Armas (ORPA) bajo el nombre de Gaspar Ilóm, personaje del libro de su padre “Hombres de maíz”. 

“Él no quería contactarnos por temor. Nosotros leíamos los diarios todos los días para saber si se había muerto”, recuerda. Recién se volvieron a ver en México, en 1994. Y volvieron a estar juntos en México el 29 de diciembre de 1996, el día en que se firmaron los Acuerdos de Paz entre el Estado de Guatemala y la Unidad Nacional Revolucionario Guatemalteca (URNG). Miguel recuerda que su hermano no pudo ir a firmar la Paz. También recuerda que ese día, entre otras cosas, hablaron de su infancia, su padre y el béisbol, ese deporte que jugaban en el barrio de su niñez.

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Julio Estévez es otro de los exiliados guatemaltecos. 

Cincuenta y nueve años después del exilio, el pasado empieza a pasar de nuevo. Karla Maldonado, una guatemalteca que había vivido en Argentina y en 2013 organizaba la conmemoración de los cien años del nacimiento de Jacobo Árbenz en la Universidad de San Carlos de Guatemala, contacta a algunos conocidos para realizar un homenaje en Buenos Aires. Entre ellos están Carlos, Miguel Ángel, Julio y Gustavo de León, otro exiliado de 1954. Se organizan y empiezan a reunirse todas las semanas. Hablan con compatriotas y con organizaciones de su país natal que también deciden recordar. Detrás del homenaje porteño hay personas que dejaron su país y quieren decir, hablar de una época, hacer memoria, mantener el recuerdo, impedir el olvido. Una mujer los articula, Beatriz Barrera.

La historia de Beatriz serpentea la historia de su país. Ella se define como una refugiada económica; dice que por un motivo u otro todo el mundo se va de su país porque Guatemala es un país que expulsa a su gente. Nació en la zona del Puerto de Champerico, en el Pacífico. Su madre era una mujer de ascendencia maya. Su padre, un obrero hijo de una familia de ladinos. “A él le recriminaban que se había casado con una hija de india. Mi abuela tenía preferencias dentro de sus nietos: elegía a los que se parecían más al lado blanquito de mi padre”, cuenta. Recién a cientos de kilómetros de su hogar se conectó con esa parte de su vida: en la cocina ancestral, en la historia maya, en denunciar el genocidio indígena.

Vivió su infancia y su adolescencia en la capital. En 1983, en medio de la fase más dura del régimen de Óscar Humberto Mejía Víctores, cruzó a pie los 3250 kilómetros que separaban su hogar de la frontera estadounidense. A los 17 años Beatriz todavía no era militante, aunque sí era consciente de lo que sucedía. En medio de la opresión del dictador José Efraín Ríos Montt, migró para escapar del control social de sus círculos y la moral religiosa familiar. Beatriz se fue por la opresión que vivía en Guatemala pero su militancia política se forjó recién en Nueva York. 

En Manhattan conoció a mujeres salvadoreñas, costarricenses, nicaragüenses, guatemaltecas que organizaban comités de solidaridad y ayudaban a personas refugiadas que habían escapado de las dictaduras de sus países. Escuchó sus historias y se involucró: participó de charlas, almuerzos, marchas contra los gobiernos de Reagan y George Bush, colectas y campañas por correo para contar lo que estaba pasando en su región. Esa red fue la que la apoyó cuando logró separarse de su pareja. Junto a ellas leyó a la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, y junto a ellas discutió con el feminismo blanco de las universidades estadounidenses “Nosotras contábamos el conflicto armado: estaban masacrando a nuestra gente. Y ellas veían que la solución era volverse feminista a su modo. Para nosotras era distinto. Hablábamos de defender el derecho de las mujeres y ser complementarios. Pensábamos desde un paradigma ancestral.”  

Beatriz llegó a Argentina en 1992, acompañando a un novio que había conocido en Nueva York, el hijo de dos argentinos que se habían exiliado después de la noche de los Bastones Largos. Estudió sociología, se separó y conoció a Miguel Ángel Asturias Amado, su actual pareja. Volvió a formar lo que había aprendido a hacer en su primer exilio: un Comité de Solidaridad. Ese mismo Comité que el 15 de septiembre de 2013 se encarga de conmemorar a su eterno presidente.

En la sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional, Beatriz oficia de anfitriona. La custodia, sobre un caballete, la imagen de Jacobo Árbenz vestido de traje. Árbenz todavía es joven, todavía parece mirar el futuro de perfil. Beatriz habla y presenta a las cuatro personas que van a hacer el homenaje: la periodista Stella Calloni, el político Jorge Taiana -embajador en Guatemala entre 1992 y 1996-, el escritor, sociólogo y entonces director de la Biblioteca Horacio González y, al lado suyo, Carlos Dardón. 

Debajo del saco y la camisa de cuello abierto, el pelo entrecano y ojos pequeños, una voz fina, aguda, potente, recorre la historia de su país. Carlos acomoda las hojas de su semblanza histórica y habla. 

Habla de golpes, de gobiernos militares, de desigualdad y opresión. 

Habla del país de la eterna dictadura.

Habla de la violencia contra el pueblo maya. 

Habla de universitarios, de utopías y memorias borradas. 

Y habla de Jacobo Árbenz, el hijo pródigo de Quetzaltenango. 

Jacobo, el hijo de un inmigrante suizo y una guatemalteca que quiso estudiar ingeniería y no pudo y terminó siendo un brillante alumno en la formación del ejército. El hijo militar que junto a Jorge Torriello y el coronel Francisco Arana conforma una Junta Revolucionaria, convoca una Asamblea Constituyente y llama a unas elecciones en las que Juan José Arévalo se convierte en presidente. El hijo que ocupa durante seis años el Ministerio de Defensa y resguarda al Gobierno de más de treinta golpes de Estado fallidos. El hijo que en 1951 se convierte en Presidente y al que los grandes monopolios, el gobierno de Estados Unidos y su secretario de Estado, John Forster Dulles, le marcan las cartas en la Conferencia de Caracas de marzo de 1954.

Carlos repite: estábamos dispuestos a participar en una lucha, pero no teníamos armas. Árbenz se tuvo que ir, y con él nos fuimos cientos de exiliados. El destierro del presidente es largo: Suiza, Checoslovaquia, Francia, Uruguay, Cuba, México, la lista sigue. El de Carlos tiene un solo país. Él dice que la condición del exilio fue un gran silencio.

Carlos lo tiene claro: aquel tiempo en su país es suyo porque lo ha perdido. Tal vez, por eso, las palabras sean una búsqueda para recuperar lo que ya no está con él: otro sueño, otra vida.

Tal vez, por eso, Carlos está hablando ahora. 

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La historia de Beatriz serpentea la historia de Guatemala. Ella se define como una refugiada económica.

***

29 de julio de 2021. Miguel Ángel, Carlos y Beatriz caminan hacia la Embajada de Guatemala en Argentina, en el microcentro porteño. Van a apoyar el paro plurinacional anunciado en su país de origen. En ese momento, a 6,500 km de distancia, miles de personas salen a las calles para exigir la renuncia del Presidente Alejandro Giammattei y de la Fiscal Consuelo Porras, denunciada por corrupción. Esa, dice Barrera, es apenas la punta del iceberg de una serie de gobiernos neoliberales atravesados por el “pacto de corruptos”, un conjunto de redes que garantizan la impunidad y perpetúan en el país la expulsión de personas a través de migraciones masivas, la expropiación de tierras, la cooptación de las instituciones democráticas, la represión a pueblos indígenas.

Acá, en Buenos Aires, son ocho los que protestan. No hay medios ni cobertura ni otros apoyos. Apenas sus voluntades. Llevan una carta, que entregarán a la Embajada, y varios carteles: "Renuncia Consuelo de los corruptos", "Guatemala no está sola", "Que migrar sea una decisión, no una obligación".

Las décadas pasan y los tres lo saben: es poco probable que el retorno definitivo ocurra. Quizás el regreso final no exista, tal vez jamás haya existido. Pero mantener el compromiso después de tantos años es también una forma de volver. 

"Estábamos dispuestos a participar en una lucha, pero no teníamos armas. Árbenz se tuvo que ir, y con él nos fuimos cientos de exiliados"

* La producciòn de esta crónica contó con el apoyo de la Fundación Gabriel García Márquez

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