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06/04/2021

Historias de Covid a un año de la pandemia

Los testimonios alrededor de Covid-19 serán un registro histórico para las próximas décadas. Qué hicimos. Cómo lo vivimos. Los miedos, la actitud que tomamos. Todo quedará para dar cuenta de los años en que enfrentamos la pandemia.

Texto: Sofía Menchú
Foto: Oliver de Ros

Hace poco más de un año el país se paralizó para evitar la propagación del coronavirus. Escuelas, oficinas, comercios, todo cerrado. Pocas personas tenían permiso para movilizarse en horas del toque de queda, el resto se quedaba en casa. A pesar de las restricciones para evitar la propagación a la fecha hay 194,398 casos registrados y 6,840 fallecidos por el virus, según datos del Ministerio de Salud. 

La pandemia comenzó en Wuhuan, China, a finales de 2019 y rápidamente se esparció por el resto del mundo. Llegó a Guatemala el 13 de marzo de 2020. 

Con la confirmación del primer caso en el país aquí, como en muchos otros lugares, reinó el caos, el miedo y la incertidumbre. ¿Qué hacía la gente para no contagiarse?, ¿qué pasaba con la cotidianidad de salir a trabajar, estudiar?, ¿cómo lo recordamos ahora? Los productos médicos y de limpieza para resguardarse del virus se agotaron, los que quedaban en las estanterías se vendían aa precios con hasta el triple de su valor real. Los hospitales colapsaron y la vida para el resto de los guatemaltecos cambió abruptamente. 

Hace cinco meses, el gobierno levantó las restricciones y comenzó la reapertura del país y del comercio. Sin embargo, aunque varios ya comenzaron a retomar la normalidad en sus rutinas diarias, el coronavirus dejó numerosas historias. 

No Ficción presenta cuatro testimonios que reflejan cómo se vivió la pandemia desde diversas ópticas. Primero, una mujer cuenta cómo vivió su embarazo y tuvo a su bebé en medio del miedo de contagiarse. Una paciente se contagió, se aisló y sobrevivió sola al virus probando diferentes medicinas alternativas para no morir. 

Mientras que el dueño de una funeraria narra historias de dolor de los familiares de los fallecidos y la forma en la que se realizan los entierros en pandemia. Por último, un policía con 13 años de experiencia en su labor, dejó de responder las habituales llamadas por denuncias de crímenes o extorsión pues su teléfono solo recibía alertas de enfermos de coronavirus y quejas por fiestas o reuniones clandestinas. El miedo de morir fue el común entre los cuatro entrevistados. 

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Margareth de Martínez alza a su bebé nacida durante la pandemia en Guatemala. Foto Oliver de Ros.

Margareth de Martínez, 22 años, estudiante de profesorado en Química y Biología.


Estaba por cumplir cuatro meses de embarazo. Ese día, 13 de marzo del año pasado, cuando el presidente anunció el primer caso. Yo venía de la universidad con Robinson, mi esposo, como lo hacía normalmente. Llegamos a la casa y escuchamos las noticias, pero no habían anunciado todavía el toque de queda. 

Recuerdo que sentí miedo, susto, pero esperamos con curiosidad las instrucciones de cómo iba a ser todo y qué iba a pasar. Teníamos miedo de salir. 

Al principio a mi me preocupaba mucho salir porque no me dejaban entrar en ningún lugar. Me preocupaba porque en cualquier momento tal vez me podría pasar algo con mi bebé, con mi embarazo y yo no quería ir al hospital. Tenía mucho miedo y empecé a buscar sanatorios porque decían en las noticias que en el IGSS (Instituto Guatemalteco de Seguridad Social) había muchos infectados y yo no quería estar ahí. Los sanatorios estaban muy caros y pedían hisopados. También busqué espacio en hospitales cantonales porque decían que ahí llegaba menos gente. 

Estuve pidiéndole a Dios, más que todo, que no me pasara nada ni a mi, ni a mi familia. Tenía preocupación y tristeza por todo lo que veía en la televisión. Todas las personas que se estaban muriendo en otros países y la gente que se moría en sus casas. También tenía mucho miedo por mis papás, por mi por mis abuelitos, estos últimos lamentablemente sí fallecieron en época de pandemia. 

Ellos murieron como de depresión. Mi abuelito tenía 76 años, tenía diabetes y cáncer en el hígado, pero le afectó no poder salir. No lo dejaban ni ver televisión para que no se enterara de las muertes. Se puso malo y falleció en junio. Mi bisabuelita, tenía 95 años, le dio un paro respiratorio. Los dos murieron en la casa y no los llevaron al hospital porque era la época en la que todos se morían de coronavirus o los enterraban como equis equis. 

Cuando empezó el toque de queda fue de las épocas más duras, solo mi esposo salía a comprar la comida. Yo trabajaba en línea, daba clases. Desde entonces dejé de ir a mis citas prenatales. Solo tomaba mis vitaminas y las pastillas. 

En el colegio donde trabajaba me bajaron el 60 por ciento del sueldo. Así que mi esposo se quedó con toda la carga económica. No pudimos optar por un sanatorio porque cobraban entre 6 mil a 8 mil quetzales para parto normal y teníamos que pagar la prueba de covid que también era cara como Q500 u Q800. 

Dos meses antes de tener a mi bebé me fui a inscribir al IGSS , pero me aguanté hasta el último momento para irme antes de dar a luz. 

La bebé nació el 10 de agosto cuando todavía había restricciones. Aunque el toque de queda recuerdo que comenzaba más tarde y era un poco más flexible el horario. 

Un día antes del nacimiento, me comenzaron los dolores y consulté con una comadrona para ver si ya era tiempo o no porque no quería ir por gusto al IGSS. Ella me dijo que el bebé no había bajado, pero ya tenía dolores y me dijo que se me tenían que quitar. En la noche ya no pude dormir y como los dolores no se me quitaron me fui al IGSS de Pamplona. 

Ingresé en la mañana como a las 11, tenía siete de dilatación. Me revisó una doctora y rompí fuente de inmediato. Tuve el problema de que como me esperé tanto, más de 10 horas, la nena defecó y me hicieron una cesárea de emergencia.

Yo esperé todo lo que pude porque tenía miedo de que me regresaran como pasa con otras embarazadas que aún les falta dilatación y no quería llegar y correr el riesgo de contagiarme. Creo que mi mayor miedo era morir de coronavirus y tal vez junto con mi hija o nunca poder verla. 

Cuando ya me dieron a la nena estaba en una sala de recuperación con cinco mamás más, una de ellas tenía coronavirus. Los doctores se dieron cuenta y como a las cinco de la mañana del día siguiente nos sacaron a todas, nos mandaron a bañar y desinfectaron el cuarto. Nos trasladaron a otra área. 

Durante toda la operación tuve que estar con mascarilla, al igual que durante mis tres días de estancia en el IGSS. Nadie, ni mi esposo pudo entrar a verme y yo tuve que salir caminando sola con mi bebé y mis cosas hasta la puerta del hospital. 

Ahora ya salgo con la nena a la calle. Toda su ropa y sus cosas las cambio y lavo al regresar a la casa. Ya no siento miedo y a veces hasta se me olvida que hay coronavirus. Creo que mi preocupación cambió porque ya no miro noticias y ya no escucho a diario el conteo de casos y de muertos. Gracias a Dios ninguno de mi familia se ha contagiado. 

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Los teléfonos de la policía, como cuenta el agente Velásquez, dejaron de recibir denuncias de crímenes y durante meses solo se reportaban enfermos y desobediencia a los horarios de Toque de Queda. Foto Oliver de Ros.

Jairo Velásquez, 32 años, agente policial de la División Antipandillas de la Policía Nacional Civil. 

Esta situación dio un giro completo a nuestra labor como servidores públicos porque nos obligó a cambiar nuestro sistema de vida siendo un poco más precavidos. Me sorprendía como afectaba el virus en otros países, como Ecuador, y la discriminación contra las personas contagiadas. 

Acá tuvimos algunos casos de algunos compañeros que salieron contagiados y presentaron síntomas cuando llegaban a sus hogares. Los dejaron en cuarentena para evitar que contagiaran a más gente porque en el edificio convivimos bastantes personas.

El día que el presidente anunció el primer caso yo estaba de descanso. Lo primero que pensé fue que iban a suspender los descansos y nos iban a reconcentrar para salir a hacer las tareas operativas. 

Nosotros éramos un foco de la información hasta para nuestras familias que nos preguntaban o pedían más información sobre la situación. Las jornadas laborales en algunos casos se extendieron bastante, los patrullajes normales son de ocho horas, pero en lugares donde las personas no acataban el toque de queda se extendían sin horario específico. 

El problema más crítico fue con las personas que consumían bebidas alcohólicas o con los negocios que no querían perder ingresos y seguían atendiendo después del toque de queda. Hubo varias personas detenidas por esa situación.

Hubo una readecuación con los descansos y ya no convivíamos adentro de las cuadras, ni los pasillos para mantener el distanciamiento social. Compramos una estufa y un cilindro de gas para cocinar nuestra comida y no salir a la calle a comprar en los comedores.

Tenía miedo al contagio, ese miedo siempre estaba latente porque yo miraba que en otras unidades (de policía), como en la Dirección General, sí salieron varios compañeros contagiados. También me preocupaba mi familia, mi papá es diabetico y lo mandaron a descansar. Además como yo estaba acá no tenía el control de lo que pasaba en mi casa, pero gracias a Dios hasta el momento no hay ningún contagio en mi familia. 

Tuvimos una variación también en el tema de las denuncias. Ya no recibíamos denuncias de atentados contra el transporte, ni tampoco contra extorsiones que es nuestro tema porque el cierre del país y la pandemia también afectó a la delincuencia porque bajó la incidencia criminal. 

En nuestro centro de llamadas, el año pasado, recibimos mensajes de la gente avisando de vecinos contagiados por coronavirus, avisando de fiestas clandestinas. La gente decía, ‘manden una patrulla porque en la casa de al lado hay más de 10 personas’. 

Las personas tenían miedo y por eso nos avisaban todo el tiempo, también llamaban si había gente caminando por las calles en horas del toque de queda. Los empleados de los call center y de las maquilas reportaban a sus empresas que los hacían llegar sin respetar el distanciamiento ni la cantidad de personas dentro de las empresas. 

Todo eso cambió cuando reabrieron el país y quitaron el toque de queda. Al hacer eso, hasta la delincuencia se reactivó. Los teléfonos siguieron sonando.

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Las funerarias han sido medidores de las estadísticas de fallecidos por Covid-19 en Guatemala. Arnoldo Arreaga comenta que las muertes durante la pandemia nunca se detuvieron. Foto: Oliver de Ros.

Arnoldo Arreaga, propietario de funerales La Paz.

Cuando en la funeraria atendimos el primer caso, el cuerpo venía del hospital San Juan de Dios. Me impresioné mucho porque ese día había aproximadamente como unos 15 cadáveres ya ahí. Esto se comenzó a dar rápidamente, no como lo dijo el presidente de que uno por uno. 

Yo siento que manipularon mucho la estadística de los muertos porque el resultado oficial de diario, en ese tiempo, supuestamente eran 8 o 10, que si solo un hospital estaba tirando como 10 o 15 y no contando con el IGSS de la zona 9 y el Roosevelth. unos de los hospitales que tuvieron bastantes fallecidos al comenzar la pandemia. 

Ahí se murió un compañero nuestro que trabajaba en la morgue. Ocho días lo entubaron y falleció. Él fue uno de los primeros que murieron por el virus, se llamaba Julio y trabajaba en la morgue del hospital Roosevelt. 

A nosotros, los de la Asociación de Funerarias nos dieron una clase de cómo hacer el tratamiento personal en nuestro trabajo. Nos explicaron que con ese líquido que se está usando, amonio, se puede mezclar con alcohol. Aunque usamos más que todo el amonio puro y ya cuando entramos al carro usamos alcohol de hierbabuena porque ya de tanto uso ya nos ofende el olor, nos da ganas de estornudar y a veces dolor de cabeza.

La Asociación está asesorada también por funerarias de México, Argentina y de otros países con los que también compartimos los sistemas de enterramiento y estamos bien enterados de cómo se maneja el cuerpo. 

Yo me sanitizo antes de entrar y de salir de la morgue. También sanitizamos el carro de entrada y de salida porque metemos ahí la caja. Después nos quitamos los overoles que usamos y ya sin el overol nos volvemos a hacer el tratamiento sobre la ropa que llevamos puesta. Lo que sabemos es que uno no se contagia por el muerto, sino por el enfermo, porque el muerto ya va bastante desinfectado, pero las reglas son las reglas: evitar todo contacto con el fallecido.  

Durante este tiempo hemos atendido varios casos, uno especialmente me dolió. Una señora llevó a su mamá por otra enfermedad y terminó saliendo embolsada, así le decimos a los muertos, por el coronavirus. La fecha exacta de ese caso no la tengo, pero fue como abril o mayo.

Otro caso fue el de un señor que no estaba satisfecho de que su mamá se hubiera muerto. ¿Cómo voy a saber yo si es mi mamá?, decía, porque físicamente no los ven solo los embolsan y no se les ve el rostro. Por eso la gente se queda con la angustia pensando que de repente no es su familiar y eso pasó con muchos clientes. 

En el hospital del IGSS de la zona 9 les mandaron a hacer unas bolsas porque se les hizo un relajo. Fue tanta la presión de los familiares que mandaron a hacer las bolsas de embalaje. No es una bolsa de basura es de polietileno. 

Mandaron a hacer las bolsas de embalaje con una especie como de cuadro de una cuarta de ancho por una cuarta de alto y ahí ahora, usted ya puede ver a su familiar. Eso no lo tienen en todos los hospitales. 

Anteayer en la noche fui al hospital del IGSS de Villa Nueva a sacar a una señora y en una bolsa de polietileno la metieron. La metieron como hacer un ‘cuquito’, es decir, amarraron la punta de los pies y la punta de la cabeza y ahí está. Le dijeron que su mamá murió y el cliente dijo, pero ¿cómo sé que es mi mamá?. No pueden averiguarlo.

Nosotros también tenemos un lado humano porque también nos duele andar encajonando gente y ver el sufrimiento en vivo de las personas. Morirse de covid en este tiempo es no volver a ver a su pariente, ni tener la oportunidad de compartir con la familia cuando los llevan a la tumba.

En el cementerio La Verbena no los dejan ni entrar. O sea que el familiar no sabe ni dónde va a quedar su pariente, solo saben que en la fosa común, pero no se enteran en qué lugar exactamente. 

Cuando la pandemia comenzó los cementerios privados no permitían sepultar en sus instalaciones. Tipo 6 meses o medio año después, ellos ya abrieron sus puertas porque se dieron cuenta de que estaban perdiendo económicamente y la gente también reclamó por los espacios que habían comprado.  

Al principio de la pandemia teníamos que esperar hasta el otro día para llevar la caja al cementerio porque estos estaban cerrados y solo se abrían en ciertos horarios. Teníamos una bodega para guardar a los muertos que llegábamos a dejar. Los sepultureros bajaban la caja y la enterraban, antes usaban trajes y botas, pero conforme volvió todo a la normalidad dejaron de cuidarse. 

También al principio de la pandemia si usted era de algún pueblo se tenía que enterrar aquí en la ciudad porque no estaba permitido sacarlos. La gente se moría aquí y aquí se enterraba. Hay otra situación si se muere de covid, usted no tiene la esperanza de poner a su pariente en un nicho, tiene que ser solo sepultado en tierra. 

Entre junio y agosto estuvimos recibiendo unos cinco muertos diarios, solo en mi funeraria, estos tres meses estuvo ‘picadito’. Eran como unos 15 semanales. 

Claro que tengo el temor pues de contagiarme, de morirme. Imagínese que por irme a ganar unos centavos, expongo a mi familia, o salga también infectado y termine en la morgue. Ese es un riesgo que hay que tomar. 

No de ninguna manera pensé en rechazar muertos por coronavirus. Muchos lo hicieron, pero yo no. Esta situación fue grande y sigue siendo grande porque la gente se sigue muriendo, la diferencia es que la gente ya no tiene temor. 

Los precios. Pues el que muere de covid tiene que pagar Q2 mil más aparte del servicio funerario que está entre Q4 a Q6 mil. La tarifa por covid es porque somos dos los que recogemos el cuerpo, hay que pagar los overoles que son desechables y hay que sanitizar el carro y sanitizarnos nosotros.

El precio ya quedó destinado y no lo podemos bajar una vez usted se haya muerto y el certificado del hospital diga Sar 2 enfermedad covid 19, tiene que pagar esa tarifa.

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Los tratamientos alternativos son también una forma de curarse al estar contagiado. Jovanna García se recuperó de Covid-19 utilizando planas medicinales. Foto: Oliver de Ros.

Jovanna García, 21 años, estudiante de Ciencias de la Comunicación. 

El día que el presidente anunció el primer caso de covid yo estaba en mi trabajo, en una agencia de publicidad. Recuerdo que estaban todos mis compañeros viendo en la sala y en el comedor la cadena nacional. 

Estaba tan asustada porque me acababa de mudar y no tenía casi nada listo en mi casa. Me puse a comprar cosas en Cemaco, una silla de escritorio, un teclado, ollas. Esa fue mi reacción y esa fue mi preocupación porque sabía que nos iban a encerrar y no tenía muchas cosas listas. 

Cuando me dio covid fue el 17 de julio. Recuerdo que tenía ya casi dos meses de tener un proyecto que se llamó ‘20 para la gente’ en el que, con dos compañeras de la universidad, iniciamos una colecta de dinero de 20 en 20 quetzales para poder juntar paquetes de Q550 y de Q180 para ayudar a la gente con una caja de víveres y productos de higiene.

Ya estábamos con las entregas y la colecta continuaba cuando me empecé a sentir mal. Fue un día después de ir al mercado. Sentía congestionada la nariz y estaba bastante ronca, eso fue un sábado. Domingo y lunes continuaron los malestares, así fue como me contagié. 

Yo ya había tenido otros sustos de creer que tenía covid, pero esa vez sí pensé que era bastante probable porque había estado saliendo a hacer las compras de los super para las cajas de víveres y también mi propio super e iba al mercado. 

Para el miércoles yo ya estaba con más síntomas, tenía un dolor de cuerpo, súper feo, la estaba pasando muy mal. Seguía congestionada, con la garganta bastante reseca y con tos. Le comenté eso a mi jefa y ella me dijo, ‘no Jovanna habla con el doctor’. Teníamos un doctor que estaba atendiendo a todas las personas de la agencia de noticias que tenían síntomas y algunos que tenían covid.

Lo llamé y me dijo que me fuera a hacer una prueba. Al día siguiente intenté hacerme la prueba, pero no había disponibilidad para que me la hicieran, entonces fui el viernes. Llegué temprano a Blue Medical, ahí me la hice, y pues el hisopado fue algo terrible para mí. Me dolió muchísimo porque me restregaron el hisopo y le dieron vueltas dentro de la nariz para poder sacar la muestra.

Luego fui a un lugar donde me pusieron a firmar algunos papeles para el Ministerio de Salud y regresé a mi casa a esperar los resultados. En la tarde me dijeron que era positiva, ya estaba bastante preparada para esa respuesta.

Dos días antes, antes de la prueba, el doctor me mandó a comprar el tratamiento completo de covid y ya me lo había empezado a tomar. La receta era Davintex, Histafax, Menaxol forte, zinc y vitamina D. Todo eso cada 24 horas por 10 días, aunque la Ivermectina la tomé solo por dos días.

También empecé a hacerme gárgaras de agua con limón y bicarbonato por la noche y en la mañana gárgaras de un enjuague bucal llamado Glister. Eso desde un día antes de que me dieran los resultados. Mi jefa me había mandado el enjuague y empecé a hacerlo por recomendación de un instructivo de la Red de Sanadoras Ancestrales del Feminismo Comunitario Territorial.

Sin horario ni nada, solo de forma constante, tomaba mucha agua y dos tés naturales. Uno de jengibre, manzanilla, menta, hierbabuena, diente de león y hoja de naranjo; y otro solo de llantén. Esto me sirvió para desinflamar el pecho.

Antes de bañarme dejaba en la regadera, en un bañito con agua caliente, eucalipto y romero y me destapaba bastante la nariz, hacía sentirme bien y fresca.

Recuerdo que acababa de hacer unas entrevistas con mujeres indígenas activistas de Chile, Colombia y Guatemala sobre su resistencia ante el coronavirus y cómo lo estaban viviendo, y una de ellas me decía que la pandemia era la Madre Tierra enojada por todo el extractivismo y todo el daño que le han hecho. Así que, al finalizar mi baño me echaba el agüita de las plantas y les hablaba, les pedía perdón a través de las plantas a la Madre Tierra por todo lo que como humanidad hemos hecho.

Creo que la fuerza con la que les hablaba y hacía ese pequeño ritual me ayudó mucho a sanarme, no solo de covid sino de otras cosas que sentía. También olía ruda y albahaca, las puse en mi ventana para que se esparciera el olor por todo el cuarto.

Además tomé un medicamento que desarrolló un amigo de mi tío y que fue utilizado en 2014 para el combate de Chinkungunya y el Zika. Era un retroviral, gotas bebibles y nasales. Todos estos tratamientos del doctor, las sanadoras y del amigo de mi tío, juntos, me ayudaron a sanar. 

El momento más difícil fue cuando me dieron las fiebres. Mi mayor miedo era de que en medio de la fiebre pudiera morir o tener dificultad para respirar. Creo que la muerte era como el miedo más grande y sobretodo porque yo siempre he sido alguien muy débil que se enferma mucho y cada año como que me da una enfermedad terrible. El año anterior a que me diera covid me quitaron las amigdalas y tenía bastante miedo de que mi cuerpo no aguantara. 

No contagié a mi compañero de casa porque siempre salía con mascarilla, careta y guantes. Usé platos desechables que junté en una bolsa dentro de mi cuarto durante la enfermedad. Olla que usé, la lavé de inmediato y no estuve en la cocina cuando él estaba ahí.

Para la segunda semana de la enfermedad todo se intensificó, me vino mi periodo y me dio algo de diarrea. Después de terminar el retroviral, los síntomas disminuyeron y en la tercera semana ya no tenía casi ningún síntoma. Fiebre tuve solo por tres o cuatro días y la falta de sentido del gusto y olfato se quedó como por un mes. El cuatro de agosto mi nueva prueba de covid salió negativa. 

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