umami sofía
29/12/2021

Los extraños huéspedes que me mantuvieron a salvo

Mauricio pertenecía División de Protección de Personas y Seguridad de la Policía Nacional Civil (PNC).  Había cuidado a jefes, defensores de derechos humanos, activistas ambientales, dirigentes sindicales y a más de algún periodista departamental.

Texto: Sofia Menchú

La fecha exacta no la recuerdo, pero fue en el año 2013. Había pasado un día terrible y una noche en la que lloré más que dormí. Tres agentes de policía tocaron a la puerta de mi casa, dos uniformados y uno vestido de camisa azul tipo polo, pantalón de lona y corte de cabello estilo militar. 

El que iba vestido de “civil” llevaba un maletín. “Le venimos a dejar al agente que la cuidará desde ahora”, me dijo uno de los uniformados. Unas cuantas firmas en un par de hojas y con eso estaba cerrado el trámite. Me adelantaron que la seguridad personal sería por un año mínimo. 

“Le encargamos que no lo exponga a situaciones peligrosas, no lo lleve donde haya mucha gente ni a lugares de riesgo. También le pedimos que le dé un lugar para dormir, transporte y comida”, esas fueron las instrucciones que dieron los agentes y se salieron. Mauricio, se llamaba el primero de los cuatro policías que estuvo conmigo durante esos cinco meses.

Era mi segundo año en el diario elPeriódico, como reportera de nacionales, cuando un exfuncionario del gobierno de Álvaro Colom me hizo llegar un mensaje del ahora fallecido, Byron Lima Oliva, quien murió cumpliendo una condena de 20 años por el asesinato de monseñor, Juan Gerardi. 

En esa época publiqué -en marzo de 2013- unas notas que contaban cómo Lima había sido descubierto afuera del penal en un spa, que tenía un par de amigos y viejos conocidos en algunos cargos del Sistema Penitenciario y que uno de ellos era de su promoción, la 108, de la Escuela Politécnica. Edwin Fischer, excompañero de Escuela de Lima viajaba con él en el carro de presidios el día que la policía lo agarró infraganti. 

A esa nota le siguió otro par que relataba los nexos de Lima con funcionarios de Presidios, además de ciertos privilegios que tenía en la cárcel de Pavoncito. Estas revelaciones fueron las que originaron dos mensajes:  Uno, Lima quería reunirse conmigo en la prisión. Dos, que había enviado a alguien para vigilarme y que estuviera atenta a mi salida por si algo me pasaba. 

El director y editores de esa época del diario me apoyaron para poner una denuncia en el Ministerio Público, en la Oficina del Procurador de los Derechos Humanos (PDH) y en la extinta Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG). 

Las denuncias y los avisos se recogieron en declaraciones que di desde la oficina. Recibí llamadas de organizaciones defensoras de Derechos Humanos y embajadas que ofrecieron un exilio temporal. Los editores me ofrecieron vacaciones adelantadas, pero no acepté ninguna oferta. 

Esa noche, el entonces Procurador, Jorge De León, me llevó hasta mi casa. Al retirarse, llegaron dos agentes de seguridad de la PDH, uno era de al menos 1.60 de estatura y canoso. El otro un poco más alto y fornido. Ellos entraron al apartamento donde vivía. Lo revisaron, subieron a la terraza, identificaron los lugares que representaban riesgo, como puertas cerca de la calle o ventanas o muros fáciles de trepar. 

"Parece que su casa es segura”, dijeron. Pasaron toda la noche cuidando afuera de la casa. 

Al día siguiente ellos se fueron y pasé mis primeros 8 días con Mauricio. 

 

 

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«“Le venimos a dejar al agente que la cuidará desde ahora”, me dijo uno de los uniformados».

Un extraño en casa

Yo vivía en un apartamento pequeño, dos habitaciones, sala comedor cocina y un baño. Arriba, la terraza. Un sillón grande, como para tres personas y otro individual. No tenía carro. En casa éramos cuatro personas, incluyendo a mis dos hijas menores de 10 años. 

El día que Mauricio llegó de pronto tenía que conseguirle un espacio para “hospedarlo”, trasladarlo en vehículo, darle su alimentación y sobre todo no exponerlo a situaciones de riesgo.  El presupuesto no estaba previsto para alimentar a otra persona y tampoco había espacio en la casa para acomodarlo. Además, me preocupaba y asustaba tener a un desconocido durmiendo cerca de las niñas. 

 Mauricio pertenecía a la División de Protección de Personas y Seguridad de la Policía Nacional Civil (PNC). Había cuidado a jefes, defensores de derechos humanos, activistas ambientales, dirigentes sindicales y a más de algún periodista departamental. 

Él no tenía un entrenamiento distinto o especial al que recibe el resto de policías que patrullan las calles. Era de Tactic, Alta Verapaz, moreno, de 1.60 de estatura y complexión media. De joven su sueño era ser policía o soldado. “Tengo varios familiares que trabajan en esos lugares. Ahí se gana bien y hay prestaciones”, contó. 

En sus primeros años de policía hacía patrullajes y vivió un enfrentamiento contra unos delincuentes. “Me gusta ser policía, pero así de cuidar gente porque es menos cansado que estar patrullando y menos peligroso, seño”, dijo. 

Él se conformaba con lo que había de comer, un par de huevos y frijoles para la cena y el desayuno. En ocasiones iba a la tienda a comprar una docena de huevos y frijoles que guardaba para sus 8 días de turno que le tocaba conmigo. 

El relevo de Mauricio fue Wilmer. Atlético y de 1.70 de tamaño. “Yo trabajé en la CICIG”, me dijo. “He cuidado a gente importante, pero el mayor tiempo que pasé fue en CICIG, sé manejar carro y no me gusta andar a pie”, advirtió. 

Él me contaba que tenía un apartamento en zona 14 donde dormían y que les daban buena comida y viajaban en vehículos lujosos. El desvencijado sillón, grande, que tenía en mi sala le resultaba pequeño para dormir y en una cobertura que me tocó hacer en San Juan Sacatepéquez, un día en que un grupo de gente protestó contra Cementos Progreso no quiso bajar de la móvil de elPeriódico y por su seguridad me esperó en el carro.

Una vecina que se dio cuenta de que cada 8 llegaba distintos hombres a mi casa se ofreció para hospedarlos. “Le cobro Q500 por el cuarto y si quiere un poco más y le incluyo la comida”, dijo. Hablé con Mauricio y tomamos la oferta. El primer día que lo llevé a presentar con la vecina y para que se acomodara ella salió con una toalla en la cabeza y envuelta en una bata de baño. “Su casa es mi casa. Vivo sola porque mis hijos ya están grandes, pero pase adelante”, le ofreció. 

Wilmer estuvo un mes en mi casa y lo cambiaron o pidió su cambio. Ya no lo volví a ver.

Ventura era el apellido del siguiente guardaespaldas que llegó. Era totalmente opuesto a los anteriores. El primer día me conoció y observó mi rutina. Me dijo que él vivía en zona 7 a unos 20 minutos de mi casa y que no necesitaba hospedaje. Pidió permiso para llevar su motocicleta para ir y regresar en ella. Así fue el acuerdo. 

Era el más joven de todos, tenía entre 23 a 25 años. Ojos achinados, moreno claro. Vestía siempre con una chumpa negra enguatada, tenis blancos, pantalón de lona, gorras con nombres de equipos de basketbol de Estados Unidos y playera blanca de algodón. 

Él llegaba desayunado y se iba a cenar a su casa. Lo único que le daba era el almuerzo. Hablaba por teléfono con frecuencia y una que otra vez se ofrecía a pagar la comida o invitar a las aguas. Ventura se aburría con el trabajo de cuidar a personas amenazadas que al igual que yo solicitaron custodia policial. A él le gustaba la acción, disparar, andar en persecuciones y hacer capturas, así lo contaba siempre. 

Una vez, fui a entrevistar a un sepulturero al Cementerio General de zona 1. Estábamos conversando a unos metros de la entrada y mientras sostenía mi grabadora y escuchaba el relato del entrevistado, Ventura sacó su pistola y corrió apuntando hacia un carro que venía sobre la calle. 

Las llantas del vehículo rechinaron. Unos tipos bajaron corriendo y corriendo en direcciones opuestas uno del otro. Ya no vi a Ventura. Dos patrullas que venían persiguiendo al carro se colocaron cercando el automóvil. Me asomé junto con el sepulturero a ver qué pasaba. 

Ventura tenía el pie puesto sobre la espalda de un hombre que yacía boca abajo sobre el asfalto. Los policías uniformados se hicieron cargo del tipo y del otro que no logró huir. Ventura bajó su arma, se saludó con sus colegas y volvió con nosotros. 

“Disculpe Sofi, es que cabal vi que venía ese carro huyendo y no pude evitar salir para intentar atraparlos y lo logré”, dijo guardando de nuevo su arma en el cinto del pantalón y cubriéndola con su chaqueta. 

En tres ocasiones llegó con moretones y raspones en la cara y manos. Aunque le pregunté qué le había sucedido durante su descanso siempre respondió con evasivas. “Me caí, estaba arreglando algo en mi casa y me caí”, respondía.

Así transcurrían mis días, 8 días con Mauricio y otros 8 con Ventura. Mauricio era de pocas palabras, él observaba, sonreía con una risa pícara, y cuando yo me tardaba en alguna reunión o le tocaba esperar mucho tiempo afuera de algún lugar lo sorprendía hablando por teléfono y recitando frases románticas. 

Pasé cinco meses pagando el cuarto para Mauricio. Usando la móvil del diario para transportarme la semana que me tocaba con él. Los siguientes días, Ventura me llevaba en su motocicleta. Una vez, hasta me llevó en una comitiva de carros de diferentes medios de comunicación que seguían a toda velocidad el carro del Sistema Penitenciario que trasladó al expresidente Alfonso Portillo desde el Centro Médico Militar hasta la Fuerza Aérea. Ese fue el día en que lo extraditaron a Estados Unidos acusado de lavado de dinero.

“Hay varias personas que nos ponen a lavar sus carros y a sacar al chucho a pasear. Otras también nos piden que les hagamos mandados y compremos cosas en el supermercado. Cuando se aprovechan mucho yo pido mi cambio”, relató Mauricio.

Mi economía y mi necesidad de privacidad pudieron más que el temor de que un sicario o un maleante apareciera un día frente a mí y me matara o me hiriera. Así que hablé con la policía, pedí la cancelación de la seguridad personal y me despedí de los muchachos. 

Ventura me regaló su inseparable chumpa negra el día que nos despedimos. Meses después lo saludé cuando iba él en una patrulla de Escuelas Seguras, tenía a su cargo el cuidado de centros educativos en zona 1 y 6. Mauricio me contactó por Facebook tiempo después y me contó que estaba de seguridad en una embajada. “Aquí estoy tranquilo y es más seguro”, me dijo. 

Sin embargo, la tranquilidad no le duró más de un año aproximadamente porque su siguiente misión fue cuidar a una persona que sufrió un atentado y lo enviaron al nororiente del país. Desde ahí le tocaba viajar cada ocho días hasta su pueblo Tactic. Los imagino ahora, tratando de recordar cómo eran, cada uno a su manera, cada uno con su particular forma de proteger a las personas que les fueran asignadas.

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