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26/12/2020

Un vistazo al primer año del Presidente desde su vecindario 

Ser vecino de Casa Presidencial no significa necesariamente interesarse por la política. En un año marcado por la pandemia, los desastres naturales y la crisis política una vecina del presidente Giammattei nos abre una ventana a sus impresiones sobre este primer año de gobierno.

Texto: Sofía Menchú      
Fotos: No-Ficción
 

Paty cerró por primera vez el salón de belleza en donde ha trabajado por seis años. Desde julio atiende solo a los clientes que la contactan vía telefónica.  Ella aún tiene miedo de contagiarse de coronavirus. Salón Nico está enfrente de Casa Presidencial, en la zona 1 de la ciudad. Está tan cerca del presidente, pero a la vez tan lejos. 

Reconoce que de la vida del presidente sabe poco y que de noticias de política solo lo que ve una que otra vez en redes sociales. No puede calificar este primer año de gobierno de Alejandro Giammattei como exitoso, tampoco como malo. 

Paty es morena y tiene el cabello teñido de rubio claro con dos mechones rosa pálido. No llega al metro sesenta, casi siempre viste de negro. Tendrá unos 35-40 años. Arriba de la muñeca izquierda tiene cuatro líneas, son cuatro profundas cicatrices que casi se acercan al codo. 

Para ella fue bueno que el mandatario cerrara el país en marzo para prevenir los contagios de coronavirus. “El toque de queda fue lo mejor. Una magnífica medida”, dice. La pandemia fue la primera crisis que enfrentó el presidente en sus primeros dos meses de gobierno. 

Ese 13 de marzo cuando el mandatario confirmó el ingreso al país del paciente cero, estaba desconcertado y cometió el error de dar el nombre completo del contagiado. Poco después ordenó el cierre total del país por los primeros 15 días. Todo eso generó un caos, igual a como pasó en otros países, con la diferencia de que aquí muchas personas negaron el ingreso a los migrantes deportados desde Estados Unidos.

Giammattei cerró todas las fronteras, pero a pesar de cuatro intentos por detener los vuelos de migrantes, el presidente Donald Trump se impuso y los deportados nunca dejaron de llegar. Varios de estos aviones trajeron personas contagiadas que fueron hacinadas en hospitales y albergues. 

Así pues, que entre estos contagios y otros más los hospitales colapsaron, no había equipo suficiente para atender a los enfermos y los médicos denunciaron falta de pago en sus salarios. Todo esto a pesar de que el Congreso aprobó en abril una ampliación presupuestaria y destinó Q826 millones para atender la emergencia del Covid. Ese mismo día, aprobaron tres préstamos con bancos internacionales por un total de US$443.2 millones, aunque este dinero estaba destinado para otras necesidades. 

Para ayudar aún más con la pandemia, en junio, el Fondo Monetario Internacional (FMI) otorgó un préstamo específico para atender el Covid en Guatemala por US$594 millones. Sin embargo, el sistema de Salud público no tuvo cambios y el colapso y la crisis no mejoraron. 

Se enteró usted de todo eso, le pregunté a Paty. 

“La verdad no, seño. Algo escuché, pero yo estoy agradecida porque me llegó el bono. El bono de los mil quetzales lo recibí dos veces y hace poco me depositaron lo último que eran 250”. 

Como parte de las medidas para apoyar a la gente que quedó desempleada, el gobierno entregó el Bono de Protección al Empleo, la caja con alimentos y el Bono Familia. Aunque estas ayudas llegaron a muchas personas, no lograron cubrir las necesidades de los afectados por la pandemia. 

A finales de enero, el presidente ya había formado el Centro de Gobierno, un ente paralelo a los ministerios, con asesores para el mandatario. Luis Miguel Martínez era el jefe y el vicepresidente Guillermo Castillo no fue incluido en el grupo. Se rumora que Martínez es más que un amigo del mandatario. 

“Lo que más se escucha de él es que es gay, dice la gente”, Paty se refiere a Giammattei. 

“Yo creo que si el señor tenía hijos y después se volvió gay es su vida y no hay porque juzgarlo”, dice Paty mientras trata de sacar el poco esmalte, algo pegajoso, rosado pálido para aplicar a las uñas de una clienta. 

Coincide en que las preferencias sexuales del presidente no hay porque juzgarlas. Lo cuestionable aquí es que creó ese Centro de Gobierno innecesario pues duplica funciones ya establecidas por otras personas y que le puso a Miguel un salario de Q42 mil, aunque no tenía experiencia en administración pública.

 

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“No me afectan esos problemas del gobierno porque yo no dependo de ellos. Yo trabajo por mi cuenta y salgo de mis penas como puedo” dice la peluquera. 

“No me afectan esos problemas del gobierno porque yo no dependo de ellos. Yo trabajo por mi cuenta y salgo de mis penas como puedo” dice la peluquera.  

Recuerde que después de que Giammattei dejó afuera al vicepresidente del Centro de Gobierno y priorizó la compañía, asesoría y delegó más poder a Martínez comenzaron los rumores de un distanciamiento con Castillo, le digo. En mayo se comenzó a hablar de problemas entre Castillo y el mandatario, pero fue hasta septiembre cuando se filtró un chat que se confirmaron los problemas en el binomio. 

“Es verdad. Aunque yo recuerdo que otros presidentes han tenido diferencias con sus vicepresidentes”. 

Paty no parece muy interesada en los problemas políticos. Desde adentro del Salón Nico se ve todo lo que pasa en la cuadra de Casa Presidencial. Aunque la Casa tiene entrada por los callejones y por la Sexta Avenida, más de algún empresario, exfuncionario, diputado o asesor se puede notar. 

Yo quisiera estar en el lugar en donde está Paty, para hacer una bitácora del día a día. Ella piensa distinto a mí.  

“No me afectan esos problemas del gobierno porque yo no dependo de ellos. Yo trabajo por mi cuenta y salgo de mis penas como puedo”. “Aquí viene uno que otro empleado del gobierno a cortarse el pelo y a ellos sí les preocupan esos escándalos. Dicen que pueden perder el trabajo y les da miedo que no les renueven el contrato. A mí no, a mí me da igual”. 

La peluquera ve mucho y observa poco. En las semanas de protestas notó que este gobierno no cerró el paso en la calle, solamente colocó vallas y policías afuera de la Casa, pero no cerró como lo hizo el expresidente Jimmy Morales. “Lo que sí es que a los policías antes les llevaban comida y agua y desde que cambió la administración pasan el día sin comer. Uno que otro sale para comprar algo en la tienda de al lado”. 

Ella dice que las protestas siempre salen con todos los presidentes, pero la manifestación del 21 de noviembre sorprendió al país y al gobierno. La Plaza no se había llenado tanto desde las protestas históricas de 2015 contra la administración de Otto Pérez. La gente que salió ese sábado de noviembre estaba indignada por la aprobación del Presupuesto General de la Nación 2021 por Q99 mil 700 millones. 

Aquí se recortaba dinero para salud, educación, lucha contra la desnutrición y se incrementaba la deuda pública. El proyecto fue apoyado y aprobado por la bancada oficial Vamos. Esa fue la gota que derramó la indignación. En los carteles sostenidos por los manifestantes había reclamos contra Giammattei por la contratación de Luis Miguel Martínez, la gente preguntaba “dónde está el dinero”, refiriéndose a los miles de millones de dólares y quetzales aprobados en abril y junio por el Congreso y por el Fondo Monetario Internacional, el FMI. 

La jornada pacífica quedó marcada por un grupo de personas que se metieron al edificio del Congreso para quemarlo. Luego una serie de capturas arbitrarias, y el sin fin de golpes que repartió la policía a los participantes de la manifestación causaron otra mancha más contra el gobierno. 

Ocho días después, el 28 de noviembre la gente salió de nuevo a las calles y otro suceso empañó la jornada. Poco antes del anochecer un grupo de personas con bates y piedras prendieron fuego a un bus del transporte público casualmente estacionado en la esquina del Palacio. Después atacaron y golpearon a los policías.

El cometido de ambos hechos vandálicos tanto la quema del Congreso como del bus parecía ser desvirtuar el rechazo social contra el gobierno. En medio de esto el sector privado organizado cuestionó y rechazó el Presupuesto 2021, días después manifestaron su apoyo al Ejecutivo.  

El presidente salió a dar declaraciones que no decían nada. Llamó a un consenso para estudiar el presupuesto con diferentes sectores de la sociedad, pero solo los empresarios lo acompañaron. Al final, los diputados se retractaron del Presupuesto aprobado y la manifestación programada para el cinco de diciembre no tuvo convocatoria. 

En medio de esa crisis de protestas, el vicepresidente Castillo salió a ofrecer su renuncia y a pedirle al presidente que se fuera junto con él. Ni uno ni otro se fue. Poco antes de terminar su primer año, Giammattei anunció el cierre del Centro de Gobierno e hizo una conferencia junto con Castillo para aclarar públicamente: “No es el momento de diferencias sino de trabajar juntos”.

El 11 de agosto de 2019, horas antes de que Alejandro Giammattei ganara las elecciones presidenciales, pude entrevistarlo en una salita del 15o. nivel de un hotel en zona 10. Conseguir el acceso fue difícil, pero no tanto como para tener con él al menos media hora. 

Él sonreía, era amable, cordial. Como todo político cuando está en campaña. En la salita tenía una televisión por donde seguía la transmisión en directo de los centros de votación. Dos veces pude entrevistarlo; la primera, días antes de la primera vuelta electoral y la segunda, en ese hotel. 

Recuerdo también que la madrugada del 12 de agosto recorrió todos los stands de prensa del Parque de la Industria para dejarse entrevistar y felicitar por su victoria. Sus muletas, el cansancio, el frío y la hora no fueron impedimento para atender hasta a los medios pequeños. 

Sin embargo, en los últimos meses su relación con los periodistas que cubren el Ejecutivo terminó más rápido que con sus antecesores. Se ha vuelto confrontativo, intolerante y le cuesta mantener el control en las ya escasas conferencias de prensa. 

En noviembre pasado lo volví a ver en el estadio de San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz, a donde llegó para hacer una gira por el área de Quejá donde fue el derrumbe que casi sepultó una aldea. Un desastre ocasionado por las lluvias de la tormenta ETA. Otro de los grandes problemas que le tocó a Giammattei poco antes de terminar el primer año y con el que tampoco pudo lidiar. 

En esa ocasión ya era un presidente con poca paciencia y reacio a las repreguntas. La última encuesta de aprobación hecha por ProDatos, en julio, indicó que la aceptación de Giammattei cayó del 83 al 49 por ciento por el manejo de la pandemia. 

“Lo bueno de aquí es que por los policías y los soldados que se mantienen en la cuadra yo me siento segura. Puedo sentarme en las gradas y sacar mi celular porque se que no me van a robar. Aunque esa seguridad la siento solo en esta cuadra. Aunque, sabe, al final en estos años me he dado cuenta de que los policías no están aquí para cuidarnos a nosotros, los vecinos. Ellos solo están para cuidar al presidente”, dice Paty. 

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