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21/6/2021

La salud mental durante COVID-19 en Guatemala: la utopía

Las medidas de distanciamiento social están teniendo un impacto aún no dimensionado en la salud mental de los guatemaltecos. La ausencia de abrazos, los duelos por las pérdidas de personas cercanas, la falta de aire libre, han modificado la forma en la que la población se relacionaba y han afectado a las emociones y la forma de gestionarlas.

Texto: Hanna Orellana
Foto: Oliver de Ros

No me gustan los abrazos. Prefiero evitarlos tanto como puedo y pienso que he estado bien así. No los necesitaba… hasta ahora. Mi abuelo falleció en abril y, aunque ya sabíamos que debía pasar en cualquier momento, me dolió muchísimo. Supongo que porque fue el primer familiar cercano que he perdido en la vida. No ha dejado de ser desgarrador desde que supimos que estaba enfermo hasta que recibimos la llamada con la que nos avisaron que murió. Fuimos a acompañar a mi abuela y recuerdo que llegaron tres hombres, con sus trajes de propileno, mascarillas, guantes y caretas a llevárselo en una caja metálica. Después, una persona de la funeraria nos llamó para contarnos que, por disposiciones gubernamentales, solo podría haber allí 10 de nosotros. Si queríamos, podríamos invitar a más personas para que pasaran en sus carros durante la ceremonia y así lo hicieron algunos amigos y familiares. Yo estuve allí y no sé si de otra forma hubiera sido menos triste, pero era desolador ver a mis primos y tíos llorando al otro lado de videollamadas. Me llegaron muchos mensajes de pésame pero, por primera vez en mi vida, necesitaba más abrazos. 

Guatemala, al igual que casi todos los países del mundo, enfrenta un inmenso desafío: la pandemia del coronavirus. Las medidas de distanciamiento social están teniendo un impacto aún no dimensionado. La ausencia de abrazos, los duelos por las pérdidas de personas cercanas, la falta de aire libre, han modificado la forma en la que la población se relacionaba y han afectado a las emociones y la forma de gestionarlas.

“Una buena salud mental es absolutamente fundamental para la salud y el bienestar en general”, resaltaba el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en un estudio que evaluó el impacto de COVID-19 en la salud mental en 130 países. «La COVID-19 ha venido a interrumpir la atención prestada por los servicios de salud mental esenciales de todo el mundo justo cuando más se los necesitaba».

En dicha investigación se constata que, aunque nueve de cada diez países señalaron que la salud mental formaba parte de sus planes de respuesta a la COVID-19, solo el 17 % tenían financiación adicional suficiente para ello. Además muestra cómo el porcentaje de la disponibilidad de consultas virtuales cambia según el nivel de ingreso de los países. El 80 % de los países de ingresos altos la implementaron la teleconsultas, frente a menos de la mitad de países de ingresos bajos, que reportaron haber implementado las consultas virtuales. Entre los que se incluye Guatemala. 

 

No me gustan los abrazos. Prefiero evitarlos tanto como puedo y pienso que he estado bien así. No los necesitaba… hasta ahora. Mi abuelo falleció en abril y, aunque ya sabíamos que debía pasar en cualquier momento, me dolió muchísimo. Supongo que porque fue el primer familiar cercano que he perdido en la vida. No ha dejado de ser desgarrador desde que supimos que estaba enfermo hasta que recibimos la llamada con la que nos avisaron que murió. Fuimos a acompañar a mi abuela y recuerdo que llegaron tres hombres, con sus trajes de propileno, mascarillas, guantes y caretas a llevárselo en una caja metálica. Después, una persona de la funeraria nos llamó para contarnos que, por disposiciones gubernamentales, solo podría haber allí 10 de nosotros. Si queríamos, podríamos invitar a más personas para que pasaran en sus carros durante la ceremonia y así lo hicieron algunos amigos y familiares. Yo estuve allí y no sé si de otra forma hubiera sido menos triste, pero era desolador ver a mis primos y tíos llorando al otro lado de videollamadas. Me llegaron muchos mensajes de pésame pero, por primera vez en mi vida, necesitaba más abrazos. 

Guatemala, al igual que casi todos los países del mundo, enfrenta un inmenso desafío: la pandemia del coronavirus. Las medidas de distanciamiento social están teniendo un impacto aún no dimensionado. La ausencia de abrazos, los duelos por las pérdidas de personas cercanas, la falta de aire libre, han modificado la forma en la que la población se relacionaba y han afectado a las emociones y la forma de gestionarlas.

“Una buena salud mental es absolutamente fundamental para la salud y el bienestar en general”, resaltaba el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en un estudio que evaluó el impacto de COVID-19 en la salud mental en 130 países. «La COVID-19 ha venido a interrumpir la atención prestada por los servicios de salud mental esenciales de todo el mundo justo cuando más se los necesitaba.».

En dicha investigación se constata que, aunque nueve de cada diez países señalaron que la salud mental formaba parte de sus planes de respuesta a la COVID-19, solo el 17 % tenían financiación adicional suficiente para ello. Además muestra cómo el porcentaje de la disponibilidad de consultas virtuales cambia según el nivel de ingreso de los países. El 80 % de los países de ingresos altos la implementaron la teleconsultas, frente a menos de la mitad de países de ingresos bajos, que reportaron haber implementado las consultas virtuales. Entre los que se incluye Guatemala. 

 

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La psicóloga Carmen Bautista indicó que ha detectado depresion, estrés y ansiedad en sus pacientes durante la pandemia. Foto: Oliver de Ros.

En Guatemala, donde la salud mental apenas tiene un marco regulatorio, la población debe afrontar los efectos psicológicos de la pandemia de la covid sin el apoyo del Estado.

Mercedes Bautista, psicóloga clínica privada, empezó relatando cómo en su práctica clínica ha podido distinguir al menos cuatro afecciones psicológicas en las distintas fases de la pandemia:

En marzo de 2020, cuando se registraron los primeros casos en el país y las primeras muertes, la psicóloga detectó estrés. 

Entre mayo y junio de 2020, por la necesidad de retomar el trabajo de forma presencial y asumir los riesgos de contagio que conllevaba, identificó ansiedad.

Entre julio y septiembre, derivada de que la ciudadanía fue conscientes de que la pandemia duraría mucho más de lo que imaginaban y el duelo de renunciar a planes o incluso lamentar pérdidas personales, Bautista menciona la depresión. 

Finalmente, la psicóloga explicó que de octubre hasta ahora la pandemia no se menciona durante las consultas. En esto último incide, según Bautista, que en el inconsciente colectivo se siente que “ya no estamos en pandemia” por la relajación del gobierno en las medidas.

Ella también evidenció un incremento en el trastorno obsesivo-compulsivo por las medidas de higiene en los pacientes que acuden a su clínica, especialmente, en personas que no lo habían presentado antes. 

Otro de los grandes impactos de la pandemia a nivel psicológico proviene de los duelos, a diferentes niveles, a los que la población se ha tenido que enfrentar. El más importante, ha sido por las pérdidas humanas y el impedimento de sus respectivos rituales de despedida. La psicóloga Carmen Cordón mencionó además, otros duelos, provenientes de la imposibilidad de salir libremente a la calle y la falta de contacto humano externo, que hizo perder factores esenciales como la validación entre pares, la ausencia de distracción y entretenimiento. 

Asimismo, según la edad, las personas hemos enfrentado distintos retos emocionales durante el aislamiento. Las psicólogas consultadas resaltaron el impacto profundo que está la pandemia teniendo sobre los adolescentes y niños, de quienes se pensaba que se adaptarían fácilmente a la virtualidad. En sus consultas, ya se evidencia un daño emocional y depresiones severas, aún es muy difícil cuantificar qué consecuencias tendrá COVID-19 en los niños, niñas y adolescentes. Y no solo en su desarrollo socio-afectivo, sino también en el cognitivo, por las clases en línea y la deserción escolar.

Además de los menores de edad, otro de los grupos a los que más ha afectado la pandemia han sido los los adultos de la tercera edad. El aislamiento ha sido especialmente impositivo en ellos, y si de por sí suelen sentirse relegados e injustamente tratados como niños, según la información ofrecida por las psicólogas, la pérdida total de su independencia y contacto con sus seres amados está haciendo una profunda mella emocional. “Quizá ha atropellado su dignidad humana”, al impedirles tomar decisiones por sí mismos.

Así, se ha constatado cómo la pandemia ha afectado a cada uno de los miembros de una familia, y ello va de la mano con un aumento de los conflictos. Con base en la información obtenida, las dificultades de convivencia familiar se multiplicaron durante el encierro, por el cambio radical de la rutina, lo cual implicaba más roces y la ausencia de espacios personales para la solitud. Esto llevó a que algunos escenarios familiares conflictivos se agravaran y a que las personas han debido sortear más dificultades en sus relaciones interpersonales.

En Guatemala, donde la salud mental apenas tiene un marco regulatorio, la población debe afrontar los efectos psicológicos de la pandemia de la covid sin el apoyo del Estado.

Mercedes Bautista, psicóloga clínica privada, empezó relatando cómo en su práctica clínica ha podido distinguir al menos cuatro afecciones psicológicas en las distintas fases de la pandemia:

En marzo de 2020, cuando se registraron los primeros casos en el país y las primeras muertes, la psicóloga detectó estrés. 

Entre mayo y junio de 2020, por la necesidad de retomar el trabajo de forma presencial y asumir los riesgos de contagio que conllevaba, identificó ansiedad.

Entre julio y septiembre, derivada de que la ciudadanía fue conscientes de que la pandemia duraría mucho más de lo que imaginaban y el duelo de renunciar a planes o incluso lamentar pérdidas personales, Bautista menciona la depresión. 

Finalmente, la psicóloga explicó que de octubre hasta ahora la pandemia no se menciona durante las consultas. En esto último incide, según Bautista, que en el inconsciente colectivo se siente que “ya no estamos en pandemia” por la relajación del gobierno en las medidas.

Ella también evidenció un incremento en el trastorno obsesivo-compulsivo por las medidas de higiene en los pacientes que acuden a su clínica, especialmente, en personas que no lo habían presentado antes. 

Otro de los grandes impactos de la pandemia a nivel psicológico proviene de los duelos, a diferentes niveles, a los que la población se ha tenido que enfrentar. El más importante, ha sido por las pérdidas humanas y el impedimento de sus respectivos rituales de despedida. La psicóloga Carmen Cordón mencionó además, otros duelos, provenientes de la imposibilidad de salir libremente a la calle y la falta de contacto humano externo, que hizo perder factores esenciales como la validación entre pares, la ausencia de distracción y entretenimiento. 

Asimismo, según la edad, las personas hemos enfrentado distintos retos emocionales durante el aislamiento. Las psicólogas consultadas resaltaron el impacto profundo que está la pandemia teniendo sobre los adolescentes y niños, de quienes se pensaba que se adaptarían fácilmente a la virtualidad. En sus consultas, ya se evidencia un daño emocional y depresiones severas, aún es muy difícil cuantificar qué consecuencias tendrá COVID-19 en los niños, niñas y adolescentes. Y no solo en su desarrollo socio-afectivo, sino también en el cognitivo, por las clases en línea y la deserción escolar.

Además de los menores de edad, otro de los grupos a los que más ha afectado la pandemia han sido los los adultos de la tercera edad. El aislamiento ha sido especialmente impositivo en ellos, y si de por sí suelen sentirse relegados e injustamente tratados como niños, según la información ofrecida por las psicólogas, la pérdida total de su independencia y contacto con sus seres amados está haciendo una profunda mella emocional. “Quizá ha atropellado su dignidad humana”, al impedirles tomar decisiones por sí mismos.

Así, se ha constatado cómo la pandemia ha afectado a cada uno de los miembros de una familia, y ello va de la mano con un aumento de los conflictos. Con base en la información obtenida, las dificultades de convivencia familiar se multiplicaron durante el encierro, por el cambio radical de la rutina, lo cual implicaba más roces y la ausencia de espacios personales para la solitud. Esto llevó a que algunos escenarios familiares conflictivos se agravaran y a que las personas han debido sortear más dificultades en sus relaciones interpersonales.

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Las psicólogas consultadas resaltaron el impacto profundo que está la pandemia teniendo sobre los adolescentes y niños, de quienes se pensaba que se adaptarían fácilmente a la virtualidad.

Las psicólogas consultadas resaltaron el impacto profundo que está la pandemia teniendo sobre los adolescentes y niños, de quienes se pensaba que se adaptarían fácilmente a la virtualidad.

La salud mental del personal de salud

Uno de los grupos más afectados por la salud mental y al que apenas se ha prestado atención ha sido el personal de salud, que según información ofrecida por las expertas consultadas, ha presentado síntomas como ansiedad, neurosis y depresión. 

La psicóloga Claudia Castro Ruiz, presidenta de la Asociación de Psicólogos de Guatemala, narró que la asociación hizo un estudio con personal médico de primera línea. Varias personas participaron en grupos de apoyo virtuales, en los que había terapeutas que acompañaron al grupo en tareas de expresión emocional y generación de herramientas para mitigar el estrés y la angustia generada en el desempeño de su profesión.

Castro subraya que uno de los hallazgos más importantes fue que: “Los médicos que atendimos durante ese proceso no se contagiaron. [El acompañamiento psicológico] fue un factor de protección respecto a su autocuidado”, explicó Castro, quien también es la directora de prácticas clínicas de la Universidad Francisco Marroquín y de las de psquiatría en el Instituto de Seguridad Social (IGSS),

Esto puede explicarse en el sentido que el balance emocional les permitió a los doctores estar más atentos a los procedimientos de bioseguridad y así evitar efectivamente el contagio. Por el contrario, al estar con ansiedad, estrés o en estado continuo de alerta los hace más propensos a cometer errores en el uso de la mascarilla o en la higiene y aumentan el riesgo de contraer el virus. 

En ese sentido, Mercedes Bautista resaltó el desafío que afrontaron los profesionales de la salud mental al compaginar la terapia mental con las medidas de protección del virus. Eventualmente, se idearon soluciones como que los pacientes se reunieran con un amigo al aire libre, porque se ha probado que factores como la luz del sol y el aire fresco brindan sensaciones de alivio y bienestar que son clave para tratar estos padecimientos. Luego, incluso las personas que no tienen trastornos diagnosticados, como la ansiedad y la depresión, han comprendido su necesidad emocional de convivir con otras personas, y también han seguido la recomendación de reunirse al aire libre.

La salud mental del personal de salud

Uno de los grupos más afectados por la salud mental y al que apenas se ha prestado atención ha sido el personal de salud, que según información ofrecida por las expertas consultadas, ha presentado síntomas como ansiedad, neurosis y depresión. 

La psicóloga Claudia Castro Ruiz, presidenta de la Asociación de Psicólogos de Guatemala, narró que la asociación hizo un estudio con personal médico de primera línea. Varias personas participaron en grupos de apoyo virtuales, en los que había terapeutas que acompañaron al grupo en tareas de expresión emocional y generación de herramientas para mitigar el estrés y la angustia generada en el desempeño de su profesión.

Castro subraya que uno de los hallazgos más importantes fue que: “Los médicos que atendimos durante ese proceso no se contagiaron. [El acompañamiento psicológico] fue un factor de protección respecto a su autocuidado”, explicó Castro, quien también es la directora de prácticas clínicas de la Universidad Francisco Marroquín y de las de psquiatría en el Instituto de Seguridad Social (IGSS),

Esto puede explicarse en el sentido que el balance emocional les permitió a los doctores estar más atentos a los procedimientos de bioseguridad y así evitar efectivamente el contagio. Por el contrario, al estar con ansiedad, estrés o en estado continuo de alerta los hace más propensos a cometer errores en el uso de la mascarilla o en la higiene y aumentan el riesgo de contraer el virus. 

En ese sentido, Mercedes Bautista resaltó el desafío que afrontaron los profesionales de la salud mental al compaginar la terapia mental con las medidas de protección del virus. Eventualmente, se idearon soluciones como que los pacientes se reunieran con un amigo al aire libre, porque se ha probado que factores como la luz del sol y el aire fresco brindan sensaciones de alivio y bienestar que son clave para tratar estos padecimientos. Luego, incluso las personas que no tienen trastornos diagnosticados, como la ansiedad y la depresión, han comprendido su necesidad emocional de convivir con otras personas, y también han seguido la recomendación de reunirse al aire libre.

 

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La respuesta estatal hacia la pandemia fue deficiente en cuanto a evitar trastornos como la ansiedad. “Solo nos dijeron qué era lo que no podíamos hacer, y nosotros debíamos averiguar cuáles eran las conductas alternativas saludables”. (Foto: Oliver de Ros).

“Les van a hacer la prueba de COVID cuando lleguen.” Sentí que fueron las últimas palabras que oiría en la vida. Entre mis palpitaciones cada vez más violentas, recordé esos mensajes que me habían reenviado: “cuídate, así es la prueba de coronavirus”… una paleta de madera larguísima. Sentir que raspaba todo a su paso, desde que ingresa por la nariz hasta su destino, la garganta. Empecé a sudar. ¿Y si había sido uno de los primeros en contagiarme? Recordé que al pan con frijol que había ingerido hace un rato casi no le había sentido sabor. Sentí que me quedaba sin aire. Pero no había otra opción, habían contratado a la empresa en la que trabajo para una inspección sanitaria y, al parecer, esta fábrica exigía una prueba antes de poder ingresar. Sin embargo, no había forma de tranquilizarme. Apareció un dolor incesante en mis sienes. Traté de respirar tan profundo como me lo permitía la mascarilla mientras nos acercábamos al recinto. Finalmente, llegamos y el paramédico nos recibió. Yo debía ser el primero, pero cuando me acerqué, colocó la banda del tensiómetro en mi antebrazo . “¿Qué? ¿No iba el hisopado primero?”, balbuceé, mientras el aparato arrojaba la medición. “No, eso no lo hemos implementado aún” contestó el paramédico, “esta es una prueba de condición física, nada más, como parte de los protocolos de salud de la planta. Pero me preocupa su presión, está demasiada alta. ¿Usted ha tenido problemas con ello?”. Le respondí que jamás. Como le parecía sospechoso y por ello no podría dejarme entrar a la empresa si mi salud era inestable, le conté lo nervioso que me había sentido cuando me dijeron que nos harían una prueba de COVID. Concluimos que ese estrés me habría subido la presión.

Salud mental: el gran omiso nacional

Es necesario notar que, en la ley de emergencia para proteger a los guatemaltecos de los efectos causados por la pandemia coronavirus COVID-19, no se menciona ni una sola vez la salud mental. Este es un ejemplo claro de la falta de atención prestada por el estado a las afecciones mentales ocasionadas por la COVID.

La psicóloga Carmen Cordón enfatizó que la respuesta estatal hacia la pandemia fue deficiente en cuanto a evitar trastornos como la ansiedad. “Solo nos dijeron qué era lo que no podíamos hacer, y nosotros debíamos averiguar cuáles eran las conductas alternativas saludables”. Inclusive, al utilizar frases como “distanciamiento social”, en lugar de “distanciamiento físico” o “distanciamiento personal” el desasosiego que se sentía aumentó en lugar de disminuir. 

No obstante, este gran omiso en la respuesta al COVID-19, obedece a que la salud mental es consistentemente un factor ignorado en la realidad guatemalteca. 

Solo existe un marco legal para ello en la “Política Nacional de Salud Mental (2007-2015)" que norma las responsabilidades, obligaciones y funciones del Estado en materia de salud y bienestar de los guatemaltecos”. 

La última vez que se promovió un proyecto de salud mental nacional fue en 2018, a través de la COPREDEH (Comisión Presidencial Coordinadora de la Política del Ejecutivo en Materia de Derechos Humanos) pero no ha sido aprobada. Desde octubre de 2020, la misma página del Congreso del país dice que “hace falta diseñar y proponer una ley específica de la salud mental. La formulación dentro del código de salud de un capítulo dedicado específicamente a la salud mental”.

En un informe de 2010 al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el Relator Especial, Anand Grover, concluyó que solo el 1 % del presupuesto de salud actual está designado a la salud mental y no existen servicios comunitarios de salud mental. Asimismo, informó que aunque la Constitución de la República de Guatemala garantiza la salud de sus habitantes, ese derecho a la salud no está siendo realidad.

“Les van a hacer la prueba de COVID cuando lleguen.” Sentí que fueron las últimas palabras que oiría en la vida. Entre mis palpitaciones cada vez más violentas, recordé esos mensajes que me habían reenviado: “cuídate, así es la prueba de coronavirus”… una paleta de madera larguísima. Sentir que raspaba todo a su paso, desde que ingresa por la nariz hasta su destino, la garganta. Empecé a sudar. ¿Y si había sido uno de los primeros en contagiarme? Recordé que al pan con frijol que había ingerido hace un rato casi no le había sentido sabor. Sentí que me quedaba sin aire. Pero no había otra opción, habían contratado a la empresa en la que trabajo para una inspección sanitaria y, al parecer, esta fábrica exigía una prueba antes de poder ingresar. Sin embargo, no había forma de tranquilizarme. Apareció un dolor incesante en mis sienes. Traté de respirar tan profundo como me lo permitía la mascarilla mientras nos acercábamos al recinto. Finalmente, llegamos y el paramédico nos recibió. Yo debía ser el primero, pero cuando me acerqué, colocó la banda del tensiómetro en mi antebrazo . “¿Qué? ¿No iba el hisopado primero?”, balbuceé, mientras el aparato arrojaba la medición. “No, eso no lo hemos implementado aún” contestó el paramédico, “esta es una prueba de condición física, nada más, como parte de los protocolos de salud de la planta. Pero me preocupa su presión, está demasiada alta. ¿Usted ha tenido problemas con ello?”. Le respondí que jamás. Como le parecía sospechoso y por ello no podría dejarme entrar a la empresa si mi salud era inestable, le conté lo nervioso que me había sentido cuando me dijeron que nos harían una prueba de COVID. Concluimos que ese estrés me habría subido la presión.

Salud mental: el gran omiso nacional

Es necesario notar que, en la ley de emergencia para proteger a los guatemaltecos de los efectos causados por la pandemia coronavirus COVID-19, no se menciona ni una sola vez la salud mental. Este es un ejemplo claro de la falta de atención prestada por el estado a las afecciones mentales ocasionadas por la COVID.

La psicóloga Carmen Cordón enfatizó que la respuesta estatal hacia la pandemia fue deficiente en cuanto a evitar trastornos como la ansiedad. “Solo nos dijeron qué era lo que no podíamos hacer, y nosotros debíamos averiguar cuáles eran las conductas alternativas saludables”. Inclusive, al utilizar frases como “distanciamiento social”, en lugar de “distanciamiento físico” o “distanciamiento personal” el desasosiego que se sentía aumentó en lugar de disminuir. 

No obstante, este gran omiso en la respuesta al COVID-19, obedece a que la salud mental es consistentemente un factor ignorado en la realidad guatemalteca. 

Solo existe un marco legal para ello en la “Política Nacional de Salud Mental (2007-2015)" que norma las responsabilidades, obligaciones y funciones del Estado en materia de salud y bienestar de los guatemaltecos”. 

La última vez que se promovió un proyecto de salud mental nacional fue en 2018, a través de la COPREDEH (Comisión Presidencial Coordinadora de la Política del Ejecutivo en Materia de Derechos Humanos) pero no ha sido aprobada. Desde octubre de 2020, la misma página del Congreso del país dice que “hace falta diseñar y proponer una ley específica de la salud mental. La formulación dentro del código de salud de un capítulo dedicado específicamente a la salud mental”.

En un informe de 2010 al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el Relator Especial, Anand Grover, concluyó que solo el 1 % del presupuesto de salud actual está designado a la salud mental y no existen servicios comunitarios de salud mental. Asimismo, informó que aunque la Constitución de la República de Guatemala garantiza la salud de sus habitantes, ese derecho a la salud no está siendo realidad.

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«El estrés postraumático es el trastorno individual más prevalente en la sociedad guatemalteca, por la profunda situación de violencia e inequidad en el país y también por el conflicto armado interno».

En la Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) de 2011 se determinó que 1 de cada 4 guatemaltecos padece de algún trastorno de salud mental. Este estudio además revela que solo el 2.3 % de la población ha consultado a un profesional de la salud por algún trastorno. En ese sentido, un “Análisis de salud mental” elaborado por el Centro Nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud, afirma que en 2015 se registraban 20,263 casos de ansiedad, 7,440 de depresión y 3,729 de estrés. 

Ambos estudios puntualizan que el estrés postraumático es el trastorno individual más prevalente en la sociedad guatemalteca, por la profunda situación de violencia e inequidad en el país y también por el conflicto armado interno. Según este estudio, el 12 % de las personas diagnosticadas reporta que el conflicto armado internole ha afectado.

Además de las enfermedades diagnosticadas, la presidenta de la APG Claudia Castro afirma que los guatemaltecos padecen muchos males somáticos. Es decir, afecciones psicológicas que se manifiestan de forma física. 

“En nuestros países, como no está tan identificada la depresión, la gente tiene muchas quejas somáticas: me duele aquí, la gastritis, los desórdenes crónicos de dolor,… la hipertensión tiene que ver con alguien que tiene problemas de ansiedad. Inclusive, particularmente los hombres, que tienen problemas para expresarse, es como si literalmente se les rompiera el corazón y son hipertensos. Todo eso está altamente relacionado con la salud mental.”, explica Carmen Cordón.

Sin embargo, la psicóloga Bautista afirmó que no bastaría solo con invertir más dinero en la salud mental en el país. Enfatizó que es vital cambiar el sistema y que, en lugar de que tenga un enfoque manicomial, en el que el único momento en el que se hable de ello sea cuando ya resulte necesario internar a las personas; debe tenerse uno preventivo, en el que la salud mental sea vista como una necesidad de todos, no solo de las excepciones. 

La salud mental está vinculada a las condiciones de vida, explica Bautista, para obtenerla no solo es necesaria la estabilidad económica, sino que también, a nivel macro, ella es una de las últimas prioridades en el presupuesto nacional. 

Asimismo, Cordón opinó que implementar ayuda psicológica gratuita no es tan difícil como se supondría. En los centros de atención respiratoria para casos leves de las municipalidades, en los que las personas reciben consultas de telemedicina, también se podrían haber facilitado consultas psicológicas a distancia. También se pudo haber habilitado, de parte del Estado, una línea  telefónica gratuita de atención psicológica. Si bien la Liga de la Higiene Mental y los centros de práctica de algunas universidades, como la Universidad San Carlos y la Universidad Rafael Landívar, ofrecieron ese servicio, este también debería haber sido, según la especialista, una prioridad gubernamental para afrontar de una forma más integral la emergencia.

Pero esto es una consecuencia lógica del hecho que, en Guatemala, la salud mental sigue constituyendo un privilegio. Mercedes Bautista dice que el promedio del costo de una consulta psicológica oscila entre Q300 y Q350 la hora, y ello asciende desde al menos Q500 hasta Q900 cuando la enfermedad ha empeorado al punto de que esta debe ser tratada con un psiquiatra. Naturalmente, cuando ya es un tratamiento psiquiátrico, suele requerirse de medicamentos y estos pueden llegar a costar el equivalente a un salario mínimo en el país (Q3,075.10) durante un mes.

Así, en un país en el que 1 de cada 2 niños presentan desnutrición crónica según UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) y 2,572 personas murieron en condiciones violentas en 2020, según los datos de PNC (Policía Nacional Civil), por razones lógicas y de supervivencia, es más urgente resolver la falta de comida y seguridad. Y así mismo lo plantea Mercedes: “Sí, la salud mental es importante, y abogaré por ella siempre que pueda, pero entiendo que el país tiene necesidades mucho más urgentes que satisfacer primero”.

 

En la Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) de 2011 se determinó que 1 de cada 4 guatemaltecos padece de algún trastorno de salud mental. Este estudio además revela que solo el 2.3 % de la población ha consultado a un profesional de la salud por algún trastorno. En ese sentido, un “Análisis de salud mental” elaborado por el Centro Nacional de Epidemiología del Ministerio de Salud, afirma que en 2015 se registraban 20,263 casos de ansiedad, 7,440 de depresión y 3,729 de estrés. 

Ambos estudios puntualizan que el estrés postraumático es el trastorno individual más prevalente en la sociedad guatemalteca, por la profunda situación de violencia e inequidad en el país y también por el conflicto armado interno. Según este estudio, el 12 % de las personas diagnosticadas reporta que el conflicto armado internole ha afectado.

Además de las enfermedades diagnosticadas, la presidenta de la APG Claudia Castro afirma que los guatemaltecos padecen muchos males somáticos. Es decir, afecciones psicológicas que se manifiestan de forma física. 

“En nuestros países, como no está tan identificada la depresión, la gente tiene muchas quejas somáticas: me duele aquí, la gastritis, los desórdenes crónicos de dolor,… la hipertensión tiene que ver con alguien que tiene problemas de ansiedad. Inclusive, particularmente los hombres, que tienen problemas para expresarse, es como si literalmente se les rompiera el corazón y son hipertensos. Todo eso está altamente relacionado con la salud mental.”, explica Carmen Cordón.

Sin embargo, la psicóloga Bautista afirmó que no bastaría solo con invertir más dinero en la salud mental en el país. Enfatizó que es vital cambiar el sistema y que, en lugar de que tenga un enfoque manicomial, en el que el único momento en el que se hable de ello sea cuando ya resulte necesario internar a las personas; debe tenerse uno preventivo, en el que la salud mental sea vista como una necesidad de todos, no solo de las excepciones. 

La salud mental está vinculada a las condiciones de vida, explica Bautista, para obtenerla no solo es necesaria la estabilidad económica, sino que también, a nivel macro, ella es una de las últimas prioridades en el presupuesto nacional. 

Asimismo, Cordón opinó que implementar ayuda psicológica gratuita no es tan difícil como se supondría. En los centros de atención respiratoria para casos leves de las municipalidades, en los que las personas reciben consultas de telemedicina, también se podrían haber facilitado consultas psicológicas a distancia. También se pudo haber habilitado, de parte del Estado, una línea  telefónica gratuita de atención psicológica. Si bien la Liga de la Higiene Mental y los centros de práctica de algunas universidades, como la Universidad San Carlos y la Universidad Rafael Landívar, ofrecieron ese servicio, este también debería haber sido, según la especialista, una prioridad gubernamental para afrontar de una forma más integral la emergencia.

Pero esto es una consecuencia lógica del hecho que, en Guatemala, la salud mental sigue constituyendo un privilegio. Mercedes Bautista dice que el promedio del costo de una consulta psicológica oscila entre Q300 y Q350 la hora, y ello asciende desde al menos Q500 hasta Q900 cuando la enfermedad ha empeorado al punto de que esta debe ser tratada con un psiquiatra. Naturalmente, cuando ya es un tratamiento psiquiátrico, suele requerirse de medicamentos y estos pueden llegar a costar el equivalente a un salario mínimo en el país (Q3,075.10) durante un mes.

Así, en un país en el que 1 de cada 2 niños presentan desnutrición crónica según UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) y 2,572 personas murieron en condiciones violentas en 2020, según los datos de PNC (Policía Nacional Civil), por razones lógicas y de supervivencia, es más urgente resolver la falta de comida y seguridad. Y así mismo lo plantea Mercedes: “Sí, la salud mental es importante, y abogaré por ella siempre que pueda, pero entiendo que el país tiene necesidades mucho más urgentes que satisfacer primero”.

 

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La salud mental está vinculada a las condiciones de vida, explica Bautista, para obtenerla no solo es necesaria la estabilidad económica, sino que también, a nivel macro, ella es una de las últimas prioridades en el presupuesto nacional. (Foto: Oliver de Ros).

La realidad: la resiliencia entre las cenizas

Sin embargo, las psicólogas también se maravillan ante la resiliencia que han conocido en sus pacientes y en la población en general.

Mercedes Bautista explica que esta es la evidencia de una persona con equilibrio emocional y salud mental. “Nuestra realidad ha cambiado en definitiva, y podemos adaptarnos bien, al practicar la nueva normalidad, con la higiene y socialización características para cuidarnos a nosotros mismos y a los demás, o no adaptarnos, y ser impertinentes al procurar vivir una normalidad que ya no es real y resulta peligrosa para todos.”

Algo muy positivo ha surgido en cuanto a la salud mental gracias al coronavirus y en esto coinciden las tres psicólogas consultadas: las personas se han vuelto más conscientes de su necesidad de acudir a un psicólogo. En palabras de Bautista “se puso el tema [de la salud mental] sobre la mesa con fuerza” en redes sociales, así como en el sentir general de la población, se discutía la necesidad de prestarle atención a ese aspecto de la salud. Carmen Cordón, también psicóloga, narró cómo personas que nunca habían ido a terapia psicológica empezaron a hacerlo durante la cuarentena a través de videollamada.

Dentro de esta increíble resiliencia, Carmen Cordón resaltó las historias de cómo las personas han creado nuevas formas de estar durante el duelo. Es decir, si ya no es posible acompañar en los funerales por las disposiciones gubernamentales, ahora se acompaña a los deudos a través de videollamadas, llamadas, mensajes, enviando detalles a domicilio o yendo al entierro y permaneciendo a la distancia en sus automóviles. Y esto es la mayor muestra de la adecuación social, especialmente en una cultura como la nuestra, en la que el tejido familiar se caracteriza por el contacto frecuente. Las videollamadas, los envíos a domicilio o visitas en la acera de las casas han sido constantes de personas que ahora aman mientras no dejan de cuidar su salud y la de los demás. 

El acceso al bienestar integral sigue siendo una posibilidad vinculada directamente a un nivel socioeconómico medio-alto en Guatemala. El Estado debe garantizar la satisfacción de una necesidad tan fundamental y aplicar políticas públicas para subsanar la falta de acceso a la salud mental. Pero la población ha sido abandonada siempre, tanto en las garantías básicas de seguridad y sostenimiento, como en el derecho al bienestar, y durante COVID-19 no ha sido distinto.

Y aunque posiblemente no se pueda cuantificar la magnitud y la profundidad del daño que la falta de una respuesta integral ocasione en la sociedad, como la prolongación de la violencia y la desigualdad, es cierto que la vida ha continuado. La vida se resiste, subsiste y persiste y se hallan nuevas formas de ser, a pesar de los numerosos obstáculos en estas latitudes tropicales. A pesar de las inmensas omisiones estructurales y las continuas amenazas a la supervivencia, queda exigir una sociedad en la que la salud mental no sea una utopía, lo imposible, para quienes la componen. Y queda también desear que el ser empujados hacia una inestable nueva normalidad, nos produzca resiliencia y no [más] impertinencia.

La realidad: la resiliencia entre las cenizas

Sin embargo, las psicólogas también se maravillan ante la resiliencia que han conocido en sus pacientes y en la población en general.

Mercedes Bautista explica que esta es la evidencia de una persona con equilibrio emocional y salud mental. “Nuestra realidad ha cambiado en definitiva, y podemos adaptarnos bien, al practicar la nueva normalidad, con la higiene y socialización características para cuidarnos a nosotros mismos y a los demás, o no adaptarnos, y ser impertinentes al procurar vivir una normalidad que ya no es real y resulta peligrosa para todos.”

Algo muy positivo ha surgido en cuanto a la salud mental gracias al coronavirus y en esto coinciden las tres psicólogas consultadas: las personas se han vuelto más conscientes de su necesidad de acudir a un psicólogo. En palabras de Bautista “se puso el tema [de la salud mental] sobre la mesa con fuerza” en redes sociales, así como en el sentir general de la población, se discutía la necesidad de prestarle atención a ese aspecto de la salud. Carmen Cordón, también psicóloga, narró cómo personas que nunca habían ido a terapia psicológica empezaron a hacerlo durante la cuarentena a través de videollamada.

Dentro de esta increíble resiliencia, Carmen Cordón resaltó las historias de cómo las personas han creado nuevas formas de estar durante el duelo. Es decir, si ya no es posible acompañar en los funerales por las disposiciones gubernamentales, ahora se acompaña a los deudos a través de videollamadas, llamadas, mensajes, enviando detalles a domicilio o yendo al entierro y permaneciendo a la distancia en sus automóviles. Y esto es la mayor muestra de la adecuación social, especialmente en una cultura como la nuestra, en la que el tejido familiar se caracteriza por el contacto frecuente. Las videollamadas, los envíos a domicilio o visitas en la acera de las casas han sido constantes de personas que ahora aman mientras no dejan de cuidar su salud y la de los demás. 

El acceso al bienestar integral sigue siendo una posibilidad vinculada directamente a un nivel socioeconómico medio-alto en Guatemala. El Estado debe garantizar la satisfacción de una necesidad tan fundamental y aplicar políticas públicas para subsanar la falta de acceso a la salud mental. Pero la población ha sido abandonada siempre, tanto en las garantías básicas de seguridad y sostenimiento, como en el derecho al bienestar, y durante COVID-19 no ha sido distinto.

Y aunque posiblemente no se pueda cuantificar la magnitud y la profundidad del daño que la falta de una respuesta integral ocasione en la sociedad, como la prolongación de la violencia y la desigualdad, es cierto que la vida ha continuado. La vida se resiste, subsiste y persiste y se hallan nuevas formas de ser, a pesar de los numerosos obstáculos en estas latitudes tropicales. A pesar de las inmensas omisiones estructurales y las continuas amenazas a la supervivencia, queda exigir una sociedad en la que la salud mental no sea una utopía, lo imposible, para quienes la componen. Y queda también desear que el ser empujados hacia una inestable nueva normalidad, nos produzca resiliencia y no [más] impertinencia.

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