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23/03/2020

Virus bajo custodia (monólogo)


Virus bajo custodia (monólogo)

Monólogo de una enfermera y el miedo a perder todas sus vacunas. El frío que necesita el trópico para frenar una pandemia. 

Monólogo de una enfermera y el miedo a perder todas sus vacunas. El frío que necesita el trópico para frenar una pandemia. 

Texto:  Oswaldo J. Hernández
Foto: Sandra Sebastián

Elizabeth Rojas
Enfermera Profesional
Puesto de salud de Comitancillo, San Pedro Jocopilas, Quiché.

Muchos días después supimos que no era la primera vez. Pero para mí aquella fue la primera. Y, por lo tanto, imaginas lo peor. Que todo se expandirá, que todos quedarán infectados. Que ningún niño quedará a salvo. Y empiezas a ver que cada persona puede ser un foco infeccioso.

Aquello duró dos semanas. Horrible. Horrible porque trabajas en un puesto de salud en un lugar retirado de todo. En una aldea que conecta los departamentos de Quiché y Huehuetenango, a la que me iban a dejar y a traer, de domingo a viernes, en la motocicleta de mi cuñado.

Estar lejos de todo, sí, pero entre valles llenos de árboles. Eso no era tan horrible.

En las capacitaciones, lo primero que te dicen es que todo está bajo control. Te pintan que el Sistema de Salud funciona, con sus deficiencias y todo, y que, en cuestiones de virus, y así, todo tiene años de estudio. Y si hay error, es porque debe ser un error humano. Es tranquilizador pensar que con las cuestiones de las vacunas la cura está ahí, en unos botecitos con etiquetas, que sacas del refrigerador y listo. Inyectas y que pase otro nene. Así. Es como pensar en el futuro. Los pesas y los curas para toda la vida.

Pero entonces empezamos a notar que algo no andaba bien. Las vacunas estaban calientes. Revisas el frío una vez en la mañana y luego otra en la tarde. Son las únicas veces que puedes abrir el refrigerador de las vacunas en los puestos de salud de Guatemala. Esa es la cadena de frío. Y si se rompe, el mundo de una pequeña comunidad se puede venir abajo. A veces no hay error humano sino errores de las máquinas.

El refrigerador estaba goteando. Había un charco cerca de las tomas de electricidad. Recuerdo que vi el reflejo de mi cara en el suelo.

También en las capacitaciones, te hablan de las epidemias. Y te hablan que en los tiempos modernos, si hacemos bien nuestro trabajo, ya no suceden demasiado. Pero cuando tienes todas las vacunas estropeadas, descongeladas, imaginas lo peor. Es como pensar en aquella película de Indiana Jones que pasaban en la tele donde un montón de fantasmas salen de una caja de repente. Nosotros teníamos así custodiadas enfermedades como el Sarampión, la varicela, el Rotavirus, la Polio, la Rubeola, la Tuberculosis, la Influenza… Y ahora, con el refrigerador averiado, andaban sueltas y estábamos en riesgo.

De pequeña quería ser doctora. Por ahora sólo soy enfermera. Y en casa ─mis papás eran maestros─ había libros sobre enfermedades. Y cuando me pusieron como encargada de las vacunas en el puesto de salud recordé que en aquellos libros se contaba que antes llegaba una nueva enfermedad al mundo y no había forma de pararla. Ni vacunas ni doctores. Ni un muro de contención ni nada. Morían millones.

Ya cuando estudié entendí que todas las vacunas fueron antes enfermedades que no se podían controlar. Un brote es algo como que mucha gente se pone mal al comer comida descompuesta, pero pasa. Una epidemia, es si el brote se descontrola, y dura unos meses. Lo que más me interesaba [con gesto de asombro y duda] era cuando ya todo se propagaba a otros países, y cada país hacia que la enfermedad durara más en el tiempo. Eso ya se llamaba pandemia. Creo que le agarré cariño a las capacitaciones sobre vacunas [ríe].

Total, que eso imaginé cuando el refrigerador de las vacunas en la aldea se descompuso. En lo peor. Pensé en la peste negra, en la viruela, en el colera, en el ébola de África que lo pasaron mucho en la tele, en la H1N1…

Y luego empezaron a llegar las mamás con sus pequeñitos. Les tocaba su vacuna. Y no había.

Nos habían enseñado que algunas vacunas duran 5 días fuera del refrigerador, pero otras como el Sarampión no duraban nada. Así se ordenaban adentro del refri, las que aguantaban menos arriba, las más duraderas abajo. Por el frío.

La noticia corrió de voz en voz, como ametralladora de cuetes. La comunidad no tenía vacunas. Y era cierto. El protocolo en estos casos era que se debía avisar al Centro de Salud, luego al Hospital o al área de salud administrativa. Y remitir a los pacientes si se presentaba algún caso.

Pensaba que la pared estaba rota. Si a algún nene o nena de la comunidad lo alcanzaba uno de estos virus, no se podría controlar. Infectaría a uno y luego a otro, y si salían a Huehuetenango o a Quiché peor. Y lo único que hacíamos durante esos días era poner otra fecha para su vacuna.

Pasó una semana y nada. Cada día veía el refrigerador y pensaba en mis libros que contaban sobre la historia de las enfermedades. Un día le tocó vacunación al hijo de uno de los Cocodes (Consejo Comunitario de Desarrollo). Y no había. Y del área administrativa de salud tampoco había todavía una respuesta. Todos los días, durante las madrugadas, se formaba un pequeño charco detrás del refrigerador del puesto de salud. Era el caldo de nuestra realidad, ahí, en el suelo, cada día.

Me gusta decir que el brote no se volvió epidemia y tampoco una pandemia porque a la semana, ya el alcalde de San Pedro Jocopilas, Quiché, estaba enterado de todo. Los niños corrieron detrás del camión que traía un nuevo refrigerador entre los caminos enterrados. Y para mí era como si el hielo necesario hubiera llegado a la comunidad. Creo que ese día nos salvamos todos en Guatemala [ríe].

 

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